Un puñado de días más y estaremos tomando las uvas al ritmo de las campanadas de fin de año en el filo de las 12 de la noche del 31 de diciembre. Esa celebración anual nos brinda una ocasión para ahondar una vez más sobre eso que tenemos tan adherido a nuestra propia piel y que es… ¡el tiempo! Esa fiesta propiamente no es cristiana, pero sí humana y muy humana. Y su finalidad no es -no debe ser en absoluto- la de “matar el tiempo”.

Resulta que a esa expresión recurrimos no pocas veces. Incluso se ha convertido en uno de los imperativos de nuestra sociedad. Aburridos, hastiados por los minutos que corren, en ocasiones nos sentimos obligados a echar mano a cualquier entretenimiento para enajenarnos del incesante paso de las manecillas del reloj y conjurar así el aburrimiento. ¿Nos olvidaremos de que el tiempo, uno de los dones invisibles de Dios, es la materia más valiosa de la cual está hecha la vida?

Aquello a lo que dedicamos nuestro tiempo es lo que de verdad valoramos. Como recordó el zorro al principito: “El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante”. La vida tiene una duración limitada, aunque no nos agrade que nos lo recuerden. Somos seres finitos, con un comienzo y un final, inmersos en un tiempo que pasa inexorable. “Matar el tiempo” es en realidad dilapidar o consumir parte de lo mejor que tenemos: la vida.

Por el contrario, quien aprovecha bien su tiempo, gestiona bien su vida. La clave para hacerlo –sin obsesionarnos con su paso, pero tampoco sin malgastarlo estúpidamente– consiste en comprender que cada día es un regalo de Dios compuesto por 1.440 minutos que transcurren uno detrás del otro, de manera silenciosa e inexorable, hasta que, llegados a cierto punto de la vida, el reloj se para… En el tiempo, preparamos nuestro futuro que está más allá de la frontera de la muerte. Ensuciar, derrochar y disipar nuestras horas es predeterminar nuestro último destino.

El tiempo fructifica habitando el momento presente. “Cada día tiene su propio afán”, dice Jesus. Esto tiene mucho sentido: El pasado ya pasó, y el futuro aún está por suceder, entonces, ahora es lo real. Es un error pensar que quien vive el doble de rápido puede disfrutar en la vida del doble de opciones. La aceleración no hace que la vida se multiplique ni facilita el acceso a una vida plena. La plenitud no se mide en términos de cantidad sino de sentido. No se vive más por hacer más cosas. Se vive más cuando se saborea más. Cuando lo que hacemos tiene un sentido que llena y se llama amor. Sin amor no hay vida, no hay nada.

Entonces, y solo entonces, dejamos de “matar el tiempo” para aprovecharlo en lo que realmente nos permite vivir experiencias más plenas, alargando el instante presente todo cuanto podamos. Al inicio del nuevo año, no mates el tiempo, ¡aprovéchalo!

 

Juan Carlos cmf

(FOTO: Ian Schneider)

 

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