CONTRATO DE EXCLUSIVIDAD

Fue después del telediario, hora noble de la televisión, y una actriz portuguesa tiraba a la cara de su novio esta enormidad, como quien no dice nada: «No es asunto tuyo si yo ando, o no ando, con otro. ¿Acaso firmé contigo algún contrato de exclusividad?».

Contratos de este tipo, exclusivos y perpetuos, tampoco los firman ciertos novios que hasta se casan por la Iglesia. Esas bodas me hacen gracia. La lista de invitados, la elección de los trajes, del fotógrafo, del organista, del restaurante, se preparan al milímetro. Todo elegante, todo lindo, todo grabado en fotos y en video. Especialmente el momento en que los novios juran amor eterno e intercambian valiosas alianzas. A continuación, una nevada de pétalos o de arroz, y mucha bocina. Y por fin, ¿qué sucede muchas veces? Sucede que aún apenas han estrenado el vivir en común y ya juegan las crestas, como galináceos, si es que no desanda cada uno para su lado. Las promesas de fidelidad se secaron rápidamente como la albahaca.

Lo peor es que, en ceremonias de Profesión Religiosa o de Ordenación sacerdotal, algunas escenas parecen fotocopiadas. Menos fotografías y más lágrimas en los ojos, menos champán y más burbujas de fervor, pero el mismo cuidado con los «exteriores», los mismos juramentos de fidelidad eterna. Y, a menudo, después de aquellos días locos y ardientes, de aquellas Misas Nuevas, la albahaca de costumbre.

Lejos de mí pensar que estos rituales, para los intervinientes, no son más que un momento hermoso y emocionante. Tampoco soy pesimista como aquel francés que lloriqueaba: «¡Fiel! ¡Ay de nosotros! ¡Sólo es el nombre de un perro!» Me niego a admitir que vivimos en un mundo de luciérnagas: de personas que encienden y apagan, que no van más allá de una fidelidad intermitente.

También florecen Marías Goretti y Luises Gonzaga, jóvenes capaces de hacer y de honrar contratos de exclusividad. Los matrimonios fallidos no logran tapar el bosque de las innumerables parejas que permanecen unidas y ardientes. Si hay sacerdotes y religiosos desacreditados, la mayoría da un testimonio límpido y coherente.

Sin embargo, es importante reconocer que las palabras a menudo suenan a calabazas vacías. Los jóvenes que, en el altar, dicen maravillas y, pasado algún tiempo, deshacen su matrimonio o su sacerdocio no son más que cañas agitadas por el viento. Los políticos que propagan el fruto de las promesas y no cumplen ninguna, no son dignos de crédito. La Iglesia misma, experta en solemnes declaraciones sobre la justicia, la paz y los pobres, a menudo olvida el lenguaje de las actitudes, de los gestos, de la acción.

Según Vaclav Havel, presidente de la República Checa, el mundo contemporáneo tiene sed de palabras verdaderas, auténticas, de mártir. Palabras de personas que se tomen en serio. Que se respeten a sí mismas. Y a las otras. Y a Dios.

Porque lo más impresionante, en los casos mencionados, es la falta de sentido del «sagrado», la ausencia de sensibilidad hacia Dios mismo. En esta sociedad, secularizada y que todo trivializa, parece que ya ni a Dios se respeta. No se respeta a las personas, que son testigos, no de un acto serio, como pensaban, sino de una broma.

No tiremos piedras, sin embargo. En mayor o menor medida, todos nosotros andamos contaminados por la actitud posmoderna que no hace proyectos a largo plazo ni los mantiene. Incapaces de mirar más allá del aquí y ahora, nos dejamos llevar por ese «me gusta esto» y «no me gusta aquello» o «ahora me gusta» y «ahora no me gusta» que supone el predominio de los sentimientos sobre la razón y la voluntad.

Vivimos en la cultura de lo agradable, lo emotivo, lo sensorial, lo desechable, lo efímero. En lugar de afirmar nuestro acuerdo o desacuerdo con algo, simplemente decimos: «me gusta», «no me gusta». Las razones dependen del espíritu de placer. Una acción es buena o mala según la elección que se haga; elección del género listo a vestir y listo a desvestirse.

Según Amadeu Cencini, vivimos en la cultura del analgésico. No resistimos un dolor de cabeza y nos doblamos fácilmente bajo la cruz de las dificultades. La civilización del consumo y del confort tiene el efecto de un sida espiritual que nos desvitaliza. Quedamos inmunodeficientes, sin defensas. Se busca entonces suavizar las duras propuestas del Evangelio, reduciéndolas a un cristianismo desnatado, sin calorías ni belleza.

Los jóvenes quizás sean más sensibles, más vulnerables a este ambiente que se respira. Viven «en carne viva», con todas las heridas al aire y sin la piel familiar e institucional que, antes, nos protegía a todos. Hoy los protegemos del frío y del calor, los cultivamos como plátanos, pero no sabemos cómo hacerlos pasar de moluscos a vertebrados, es decir, cómo darles columna y consistencia, ayudarles a distinguir el trigo de la paja, hacerlos caminar puros, fuertes y libres.

Falta gente en quien apoyarse con fuerza. «Brújulas seguras» que orienten a quien se quiere «hacer mar adentro en tiempo de niebla» – como diría Juan Pablo II. Personas capaces de un amor inconmensurable. Orgullosas de sus contratos de exclusividad.

 

Abílio Pina Ribeiro, cmf

(FOTO: Romain Dancre)

 

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