Como es sabido, desde siempre se mantiene una disputa entre aragoneses y navarros para ver quién tiene la mollera más dura. Son incontables las veces que han forcejeado para quedar por encima unos de los otros. Pero en una ocasión hubo un singular desafío, según cuentan. Consistió en la apuesta entre un mozo aragonés y otro navarro para ver quién conseguía clavar en el menor tiempo posible un clavo en la pared golpeándolo con la sola cabeza. Le tocó primero al navarro. Dio un cabezazo, y el clavo entró como si aquel tabique fuese mantequilla. Al segundo cabezazo, el clavo ahondó otro poco. Pero al tercer cabezazo, y al cuatro, y al quinto, nada; el clavo ya no avanzaba ni un milímetro. Entraron los del jurado a comprobar en la habitación de al lado cómo es que el clavo quedaba detenido… y encontraron que el mozo aragonés, su contrincante, tenía apoyada su cabeza justo en el punto agujereado por el clavo del navarro. ¡Tampoco en esta ocasión se pudo dirimir la secular contienda a favor de una de las partes!

Esta divertida historieta remite a otro tipo de dureza más dañino. Nos referimos a la testarudez (propia de quien tiene “testa dura”). Es conocida también por otros nombres: terquedad, obstinación, empecinamiento,… El testarudo es rígido e inflexible. Tiende a mantener e imponer férreamente sus opiniones, que defiende a capa y espada. Las mantiene, aún a pesar de que existan evidencias contrarias. Jamás admitirá estar equivocado, ni dudará de sus argumentos. Hará hincapié exclusivamente en aquellos aspectos de la realidad que concuerdan o confirman sus expectativas y convicciones personales.

Una persona terca es tóxica. Causa mucho daño. Provoca tanto malestar a sus allegados que les contagia y vuelve tercos convenciéndolos de que las personas de duro corazón no irán a cambiar jamás. Lo cual es otra sibilina testarudez.

En una ocasión, la dureza de corazón de algunos fariseos llenó de pena y de ira el corazón del mismísimo Cristo (cf. Mc 3,5). Como igualmente sigue llenando de rabia y de dolor la vida de una familia, o el ambiente laboral, o… La testarudez con su intolerancia pertinaz se convierte en un polvorín que dinamita la convivencia… El evangelio condena la violencia, pero condena la dureza de corazón con más energía. La violencia puede, alguna vez, ser la expresión del amor. La tozudez jamás. La violencia es la imperfección de la caridad. La “testa-durez” es la perfección del egoísmo. Hay que echarse a temblar pensando que, sin darnos cuenta, podamos ser causantes de la tristeza y del malhumor de Cristo por el daño que hacemos a los que nos rodeen con nuestras intolerantes durezas.

Juan Carlos Martos, cmf

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