Z, la ciudad perdida

El cine de aventuras ha proporcionado inmensas maravillas de cine en los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado. Sería innumerable la lista de películas que han nutrido los estantes de la historia cinematográfica trasladándonos a lugares (selvas, desiertos, océanos, espacios siderales) y a tiempos ajenos al nuestro (desde la edad media a los albores del siglo XX y más allá de nuestro tiempo), permitiéndonos entrar en contacto con personas y grupos singulares (piratas, indígenas de variado origen, sociedades feudales, exploradores de la tierra o el espacio, buscadores de tesoros, soldados de fortuna deseosos de aventuras). Sus fotogramas nos han trasladado a otros mundos y épocas y así hemos disfrutado de muchos ratos de diversión y buen entretenimiento.

Son escasas las películas del cine reciente que se embarcan en estos viajes desde las mismas claves que moldearon las aventuras clásicas. Hoy en muchos casos, los supuestos ejemplos de aventuras son modelos de marketing, responden a fórmulas estereotipadas y están repletos de efectos especiales mecánicos que apenas resisten la comparación con las odiseas ofrecidas por Raoul Walsh, Anthony Mann, Jacques Tourneur o Michael Curtiz. Es, tal vez, un cine que resulta poco agradecible a quienes están acostumbrados a muchos efectos visuales y sonoros, enmarcados en películas carentes de alma.

Todo este prólogo viene a propósito de Z la ciudad perdida, que el realizador estadounidense James Gray nos ofrece invitándonos a sumergirnos en la historia de una obsesión inspirada en un personaje real: la que movió la vida de un explorador británico, el coronel Percival Harrison Fawcet, que no cejó en su intento de encontrar una ciudad perdida en la selva amazónica a la que llamó Z (una especie de Eldorado que movió también a muchos españoles en la época del descubrimiento). En el caso del protagonista de esta película hay una obsesión que le lleva a abandonar a su familia durante largas temporadas (años incluso), lo que da lugar a una relación ambigua con su hijo mayor que oscila entre el rechazo y la incomprensión, primero, y el deseo de emulación, después.

Como hemos visto en diversas ocasiones, las figuras marcadas por un deseo que va más allá de lo razonable, viven tan dentro de sí que olvidan el mundo, el tiempo, las personas… absorbidos por el frenesí de su búsqueda, e incapaces de valorar sus posibilidades con realismo. En muchos casos la asunción del riesgo les conduce a la gloria, pero en muchos más (y el cine más reciente se ha recreado particularmente en ello) son crónicas del fracaso de los sueños y de unas existencias llenas de vitalidad y anhelos de exprimir lo que la vida puede ofrecerles.

Hay en Z La ciudad perdida un intento de ahondar en la raíz de los motivos que empujaron a Percival Fawcet a afrontar una empresa tan absorbente. Es una película a contracorriente, extraña en el cine actual, pero efectiva en la presentación del personaje y sus circunstancias. En su tramo final se aleja de la recreación histórica para ofrecernos apuntes que nos adentran en otra realidad, casi una ensoñación, para ilustrar el final de una historia conmovedora.

Antonio Venceslá Toro, cmf

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