Yalda, la noche del perdón

Una gran ciudad al atardecer. Interminables filas de automóviles circulan por las vías de circunvalación de regreso a sus casas, después de una jornada de trabajo. Las imágenes podrían hacernos pensar en una importante ciudad europea. Pero no. Se trata de Teherán, capital de Irán, La cámara fija su atención en un coche policial que llega a un edificio grande, acristalado, moderno. Se bajan varias personas, entre ellas algunas mujeres cubiertas de pies a cabeza según la tradición impuesta por las autoridades del país. Una de ellas va esposada. Todos entran en el estudio de televisión (pues de eso se trata) tras pasar el control de entrada.

La imagen reflejada por la mayoría de las películas iraníes que han llegado a nuestras pantallas nos ofrecen la cara costumbrista de un país anclado en tradiciones seculares, con un medio rural dominante, y con muchas cuentas pendientes con el progreso. Así el cine de Abbas Kiarostami, Majid Majidi o Hana Makhmalbaf ahondan en esta visión. Sin embargo, Yalda, la noche del perdón nos ofrece una visión algo diferente en apariencia, aunque la cosa no está tan clara si ahondamos un poco en la narración.

La noche de Yalda, en el solsticio de invierno es una fiesta en Irán. Las familias se reúnen y celebran. Esa noche una cadena de televisión ofrece un programa estelar, de gran éxito, un reality show de características muy particulares. Quienes participan en el mismo exponen públicamente pormenores de sus vidas (y eso no lo hace diferente de programas seguidos por muchas personas en nuestro país). Pero en este caso, lo novedoso es que quienes participan son una joven condenada a muerte por haber asesinado a su marido mucho mayor que ella, y la hija del asesinado (con más edad que la condenada) y que tiene en su mano perdonar a la asesina de su padre, recibiendo a cambio una importante cantidad de dinero de la empresa patrocinadora del programa, que ésta se compromete a abonar si se alcanza un número determinado de espectadores que votan por el perdón. Puede sonar a extravagante, pero un programa de ese cariz existió realmente en la televisión iraní. Parece que fue retirado de la programación después del estreno de esta película.

La visión de Yalda provoca mucha extrañeza, como si nos propusieran una situación tan irreal que cuesta entenderla. No faltan personajes que responden a estereotipos: el presentador afectado y manipulador, el productor del programa pendiente de todo detalle y contemporizador para lograr los niveles de audiencia que desea, una ejecutiva de la cadena que censura que un programa así se emita en una noche de fiesta, la madre de la joven condenada, capaz de todo para conseguir sus propósitos (la salvación de su hija), la joven condenada (cuya tensión emocional la lleva a actitudes contradictorias y excesivas), la hija del asesinado, supuesta perdonadora… Incluso giros de guion cuya finalidad no queda clara, salvo para alargar hasta la hora y media la duración de la película. La cámara se mueve sin cesar por distintas salas del edificio, que solo abandona brevemente en el tramo final de la película, y los personajes no dejan de hablar, hasta el punto de resultar en algún momento cansina.

Lo más relevante de la propuesta es que raramente consigue la empatía del espectador respecto a la situación vivida por la joven asesina. Toda la parafernalia que rodea el evento nos lleva a distanciarnos y ver la película como algo carente de emoción. La petición de perdón de Maryam, entre lágrimas, conmueve solo a medias, como si el perdón ya estuviera garantizado y todo formara parte de un protocolario teatro de vanidades.

Y en medio de todo, la sensación de que se escamotea el contexto, como si la historia sucediera en cualquier otro país, y las vestimentas de las mujeres solo fueran parte del atrezzo porque simplemente les gusta vestir así. Abbas Kiarostami, Majid Majidi o Hana Makhmalbaf nos sumergían en la realidad iraní; en Yalda apenas tocamos tangencialmente los entresijos de una sociedad peculiar.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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