El amor tiene una inmensa importancia en nuestras vidas, tanto en el ámbito personal -es el culpable muchas veces de nuestra felicidad o desdicha y motiva buena parte de nuestras conductas- como en el social -suele ser la base de la pareja y, a su vez, de la estructura social básica: la familia-. Dicho esto, sobra demostrar cómo hemos de cuidarlo con el mayor esmero posible.

Un antiguo dicho sobre el amor, ya clásico, desvela esto: “Amor effusivus sui”; que podemos traducir así: “El verdadero amor irradia y se difunde”. Hablamos no solo de amor, sino del buen amor. Este es el tipo de amor que hemos de proponer en nuestras familias, escuelas, parroquias, centros pastorales… cuando se forman parejas, cristianas sobre todo. Desde esa evidencia reivindicamos algo que tiene muchas consecuencia: el amor no es sólo una cuestión privada e íntima. Tiene una dimensión social.

Es verdad que no se puede y no se debe violar la intimidad de una pareja, al contrario de lo que hacen los semanarios del corazón y algunos programas de televisión chabacanos. Más allá de esos verdaderos atropellos, el cuidado del amor o su desatención contribuye de forma decisiva al constructo social.

El amor de pareja contiene un “principio de cohesión” que se nutre del amor y se convierte en manantial de luz y de vida en el hielo de la sociedad. Y, al generar hijos fomenta la continuidad de la misma raza humana. “El amor, y no el sexo como se cree, es el auténtico mecanismo de supervivencia de la especie: las crías morirían sin el cuidado conjunto del padre y la madre durante sus primeros años de vida”. Eso es lo que explica en sus clases Manuel de Juan Espinosa, el catedrático de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid.

Pero también el odio entre dos personas produce, por el contrario, un efecto perverso y se convierte en “principio de desintegración”, de tensión, de voladura de la sociedad. La Madre Teresa de Calcuta recordaba siempre que cada uno de nosotros es una gota de agua en el mar de la vida: si las gotas puras se multiplican, la extensión de las aguas se limpia y depura; si se multiplican las gotas sucias, el mar se transforma en un vertedero apestado y contagioso.

Juan Carlos Martos cmf

(FOTO: @8photo)

 

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