De los muchos padecimientos narrados en la pasión de Jesús, quizás el más impresionante es el sudor de sangre que experimentó en el monte de los Olivos, horas antes de morir. El evangelista Lucas lo describe así: “En medio de su angustia, Jesús oraba con más insistencia. Y le entró un sudor que caía hasta el suelo como si fueran gotas espesas de sangre» (Lc 22, 44). Este fenómeno es conocido en medicina como «hematidrosis» (del griego: haima=sangre e hydrosis=sudoración): cuando una persona sufre una tensión extrema, gran angustia o un temor muy fuerte, pueden romperse las finísimas venas capilares que están bajo las glándulas sudoríparas; la sangre entonces se mezcla con el sudor y aflora sobre la piel, extendiéndose por todo el cuerpo.

En cierta ocasión ocurrió que un grupo de hombres casados se reunía en un hotel para un acontecimiento empresarial. Uno de los participantes se sintió atraído por la gerente del hotel, con quien necesariamente tenía que tratar sobre temas de organización.  También ella se sintió recíprocamente atraída por aquel señor, y la atmósfera romántica se fue intensificando entre ambos vertiginosamente. Al final, llegó el momento de separarse. Ella, sin querer perder aquella oportunidad que se le abría, le preguntó: “¿Te gustaría que volviésemos a vernos alguna otra vez?”. El hombre, entre dudas y disculpas atropelladas… quiso mostrarle su pesar por no haber sido con ella más sincero e hizo lo que pocos se atreven a hacer. Y en un momento, “sudando un poco de sangre”, le dijo: “Estoy casado. Debo volver a casa con mi esposa”. Valga esta historia para aplicar y aprender.

Alguien a quien llegué a admirar por su calidad ética solía decirnos: “A menos que puedas sudar sangre, nunca podrás mantener un compromiso en el matrimonio, en el sacerdocio o en cualquier otro empeño significativo. ¡Eso es lo que se precisa!”. Hoy en Occidente vivimos en una sociedad que teme el dolor y en la que ya no hay apenas lugar para el sufrimiento. Este miedo al dolor –“algofobia”– se refleja en todos los ámbitos de nuestra vida personal y social, incluido el cristiano. Somos víctimas del imperativo neoliberal “sé feliz”. Nos sentimos obligados a serlo en todo tiempo y lugar. Por ello no sorprende cómo muchas personas, ante el más mínimo dolor, recurren a analgésicos.

Sin embargo, una de las lecciones más grandes de Getsemaní, precisamente es esta: Para mantener un compromiso debemos sudar sangre, porque, como a Jesús en el huerto, llega un momento en el que debemos enfrentar la noche oscura de la soledad, la soledad de la fidelidad y la de resistir ante una poderosa atracción y renunciar a cosas muy decisivas. A nosotros alguna vez nos toca beber también ese cáliz. ¿Entenderemos de una vez por todas que donde hay amor hay siempre sufrimiento porque el amor implica morir a nosotros mismos para que los demás vivan?  No nos ocurra lo que lamentaba con triste ironía Paul Claudel respecto de los cristianos al salir de misa: “Bajan del Calvario y solo se les ocurre hablar del tiempo”.

 

Juan Carlos cmf

(FOTO: manuel_landavazo)

 

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