¿Soy creyente?

Los que no creen en Dios ni se lo plantean están denunciando simultáneamente lo inútil de nuestra fe. Esto viene siendo alarmante en un país como el nuestro en que el número de creyentes ha pasado de ser elevadísimo a desplomarse estrepitosamente en espacio de breves décadas.

Con todo, es positivo que ya no culpemos ni anatematicemos a los ateos, agnósticos o indiferentes. Por fortuna ya no son tratados como personas perversas. Ni siquiera ese prejuicio asoma ya por nuestro pensamiento, entre otras cosas porque los encontramos entre nuestros seres más queridos y, también, en nuestras iglesias. Si es verdad que la fe es un don que Dios regala según unos misteriosos criterios, no se la puede exigir a nadie. Además, hay personas que sin militancia religiosa alguna sorprenden por su altruismo, su capacidad de sacrificio y entrega a los demás. Esos santos paganos nos dan “sopas con honda”.

Algunos de nosotros sí que nos seguimos reconociendo aún –tal vez con cierta ligereza- como creyentes. No lo deberíamos tener tan seguro. Porque… ¿creemos de verdad en el Dios de Jesucristo, por el simple hecho de frecuentar los sacramentos o pertenecer a alguna institución de Iglesia? ¿Es auténtica la fe en el Dios verdadero de quien se entrega a los más necesitados dedicándoles su tiempo y sus energías? ¿Es acaso más creyente quien dedica con fidelidad un tiempo diario a la oración y a la contemplación?

Frente al desplome estadístico de las iglesias, paradójicamente la espiritualidad está hoy de moda. No hablo de lo que podríamos llamar religión atea, sino de las llamadas religiones del bienestar. Proponen ritos para dilatar la propia conciencia o encontrar armonía; ayudan iniciando en terapias de relajación, sanación o control mental, más que en la búsqueda de Dios, le llamemos como le llamamos. A nadie se oculta los riesgos de una excesiva búsqueda ególatra de sí mismo.

¿Qué es la fe? Según una sugerente etimología medieval “creer” –credere en latín- viene de cor dare, que significa “entregar el corazón a Dios”. La fe es esa semilla de confianza sembrada en el corazón de todos. Puede crecer o puede ser abortada. Uno mismo es el primer garante de su cuidado y crecimiento. Hay razones para creer, pero no se cree por razones, sino por confianza y amor. La fe coincide con nuestros sueños más profundos y nos arroja hacia el camino de la confianza y de la búsqueda. No está en nuestras manos fabricar o alcanzar la fe. No la conseguimos a fuerza de oraciones, ni de actividades altruistas… Tener fe es ponerse a la espera humilde y paciente del Señor. Pascal aconsejaba: “Si no crees, arrodíllate, actúa como si creyeras y la creencia llegará por sí sola”. El Señor suele llegar por mil caminos… y siempre suele venir disfrazado y parecer otra cosa. Por tanto, ¿soy creyente? Sí porque Le espero para darle mi corazón.

 

Juan Carlos cmf

(FOTO: Dante Di Natale)

 

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