Sin madre, no hay Navidad

Estamos en Navidad. Durante este tiempo, por más consumos y despistes que haya, Jesús ocupa un lugar central. Y junto a Él su Madre, María de Nazaret, la mujer llamada a alumbrar el misterio cristiano y hacerlo nacer. Todas las madres llevan en su seno un hijo adoptivo de Dios; pero María llevaba al mismísimo Hijo de Dios. Contemplamos ese nacimiento con el corazón estremecido. Y mientras, escuchamos las palabras de un sabio teólogo, el ruso Pavel Evdokimov, quien hace muchos años nos hizo caer en la cuenta de una verdad oculta: Un mundo fundamentalmente masculino en el que la mujer no tiene ningún papel es siempre un mundo sin Dios; porque, sin madre, Dios no puede nacer”.

¡El mundo no es solo masculino! Y por eso precisamente, este mundo nuestro no está sin Dios.  En efecto, “sin madre, Dios no puede nacer”; pero aquí está ella, la Madre de Jesús. A ella la felicitamos en nuestra fiesta de la Navidad. Es la noche luminosa en la que todas nuestras heridas, soledades y desolaciones son sanadas por una presencia que se ha abajado para salvarnos. Vayamos a contemplar ese Misterio con los ojos de esta mujer.

Pero atención, estamos avisados: una de las consecuencias de asomarnos a ver al niño Jesús, tan tierno y calladito en su pesebre en brazos de su madre, es que la visita puede dejarnos irremediablemente registrados en el club de «Afectados por el Descendente» y llevados vertiginosamente a abajarnos, simplificarnos y “austerizarnos”.

No tendremos más manual de instrucciones para esos descensos que el Evangelio. Si nos animamos a seguir paso a paso sus indicaciones, podríamos empezar por nosotros mismos y arriesgarnos a bajar al agujero negro de nuestros errores, fracasos y fangos varios: nos llevaremos la sorpresa de descubrir que Otro los ha visitado antes que nosotros y los ha iluminado con su presencia. Eso nos animaría a seguir con otros… empezando por los que nos rodean. ¡Feliz y descendente Navidad!

Juan Carlos Martos, cmf

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