Si Dios quiere

Al comienzo de Si Dios quiere se cita una frase atribuida al cantautor italiano Franco Battiato: “Deduzco de una frase del evangelio que es mejor un pintor de brocha gorda que Le Corbusier”. Tal vez este enunciado sea la primera broma de la película. Y nos da alguna pista de sus pretensiones.
Si Dios quiere es una comedia. Queda claro de entrada. Y además es italiana; entronca con una tradición importante en el vecino país que ha ofrecido películas que se acercan a retratos de figuras eclesiales o a planteamientos religiosos desde una clave ligera, con pocas pretensiones de rigor teológico, sino más bien como pretexto para enhebrar historias que entretengan y en algunos casos sacudan un poco (tampoco demasiado) la conciencia del espectador. Federico Fellini, tal vez la figura más importante que ha dado el cine italiano, ofreció en sus películas abundantes episodios de este matiz. Más recientemente, Nanni Moretti con Habemus papam, o Paolo Sorrentino con la serie El joven papa se sitúan en esta línea, aunque en estos casos no está ausente cierto tono crítico, incluso ácido.
En Si Dios quiere, el realizador Edoardo Maria Falcone, también autor del guion, narra una historia divertida que, sin caer en la acidez de las mencionadas, ofrece una visión particular y entrañable de la figura de un sacerdote que ocupa un lugar importante en el argumento.
El protagonista es un afamado cirujano cardiovascular, muy eficaz en su profesión, pero carente de empatía y respeto por quienes viven a su lado, ya sea su familia (esposa, dos hijos y su yerno) o su equipo hospitalario. Es engreído, petulante… y alejado de cualquier postura creyente. No hay que vincular lo uno a lo otro. De hecho, no se insiste en ello; más bien su forma de ser y pensar da pie para ofrecer algunos gags que dan consistencia cómica a la propuesta. Y de paso subraya el cambio que puede producirse en su carácter. Dejemos claro que no hay pretensión de un tratamiento serio de las situaciones, aunque podemos intuir en el conjunto algunas pinceladas de reflexión sobre el acercamiento a la Biblia (muy divertida la secuencia en que la hija se dispone a leer el evangelio –nada menos que la genealogía de Jesús según Mateo- en un contexto de simple pasatiempo superficial), sobre la inserción de la trascendencia y la solidaridad en la mentalidad positivista y egoísta del cirujano, o la imagen cercana del sacerdocio.
Tomasso, así se llama, tiene un hijo en el que ha depositado su esperanza de que continúe su profesión. Por eso, encaja como una catástrofe que éste confiese a toda la familia su intención de entrar en el seminario. Cuando están preparados para asumir su salida del armario, éste les informa de su vocación sacerdotal (es impagable el gesto de la familia que preparados para asumir con normalidad lo primero, no saben cómo encajar lo segundo). La escena, presentada de un modo cómico parece decirnos que en nuestro contexto presente es más contracultural ser sacerdote que confesar una orientación homosexual.
A partir de ese momento, Tomasso comenzará a investigar los motivos de la decisión de su hijo y ello le llevará a conocer un sacerdote muy sui generis cuya influencia ha reconducido los pasos de su hijo en una dirección que él no había previsto. Y como es previsible también él quedará afectado.
La relación de ambos (el cardiólogo descreído y el sacerdote) se constituye en el meollo de la película y da pie a algunas escenas bien construidas, aunque en algún momento la historia se estanca y puede caer en algunas ideas forzadas o prescindibles. No obstante, no deja de verse con agrado y proporciona hora y media de saludable entretenimiento.

Antonio Venceslá Toro, cmf

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