Hace poco se rompió un matrimonio amigo. Después de unos años de vida conyugal, decidieron marchar cada cual por su camino. Fue muy doloroso para todos. Como suele suceder, hubo comentarios para todos los gustos. Y, entre otros, escuché una frase que me desconcertó: “Eso es muy humano”. Esta frase, tan frecuente en nuestro lenguaje cotidiano antes los fracasos de cualquiera, creo que tiene efectos desastrosos. Porque, curiosamente, se califican como “humanos” solamente los fallos, errores y caídas, como si lo propio del ser humano fuese sólo lo que le aleja de las cumbres. Cuando… ¡lo realmente humano es también lo que nos mejora!

Humana es la inteligencia que nos hace permanentes buscadores de la verdad, seres ansiosos de claridad, hambrientos de profundidad.

Humana es la libertad, el coraje, el afán de luchar, el saber sobreponerse a la dificultad, la capacidad para esperar contra toda esperanza.

Humano es el amor que descentra y se entrega al descubrir que el mundo es mayor y más hermoso que el islote del propio ego.

Humana es la conciencia que impide la mentira de las rebajas, la voz que nos despierta desde dentro para seguir escalando, el impulso que impide que nos durmamos.

Humano es el afán de ser mejores, el saber que aún estamos a medio camino, el señalarnos como meta la excelencia aunque nunca lleguemos a la meta total.

Humano es el deseo de responder a las llamadas que sentimos hacia lo más alto y noble y hacerlo con denuedo, con esfuerzo, sacrificando hasta el último impulso.

Eso es lo humano. Esa es nuestra identidad más honda. Y difícilmente la alcanzamos si nos dedicamos a autodisculpar nuestros errores bajo capa de que son “humanos”. Otra cosa será cómo habremos de situarnos frente a nuestros límites, que no podemos evitar. Pero, ante todo, debemos apostar por lo mejor. Porque podemos quedarnos en aquello que decía Pío Baroja del ser humano («un ser un milímetro por encima del mono, cuando no un centímetro por debajo del cerdo») o bien brillar como el «esplendor del universo».

La apuesta se reduce a escoger entre el conformismo o el crecimiento. Apostar por el egoísmo o por la generosidad. Elegir entre una vida vivida o una vida arrastrada. Optar entre vivir despierto o vegetar. Empeñarse en realizar los mejores sueños o masticar los peores deseos.

Juan Carlos Martos Paredes, cmf

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