¡Sé tú mismo!

Nacemos con una única obligación: la de ser completamente quienes somos. Estamos bien fabricados. Dios no crea basura. Sin embargo, ¿cuánto tiempo dedicamos a compararnos con otros? ¿Cuánta secreta envidia apolilla nuestra alma? ¿De dónde nace, en tantas ocasiones, ese afán por “ser competitivos”? Nos educaron para la excelencia… e hicieron bien. Pero no nos explicaron con mejor acierto que una flor, en su excelencia, no aspira a ser un pez… y que un pez no desea ser un pájaro.

Como personas aspiramos secretamente a algo distinto de lo que ya somos: disfrutar de la fama o del dinero de personas a quienes no conocemos, ser más altos o más guapos, tener un puesto de trabajo más remunerado, que nos sonría la fortuna, conseguir la meta a la que pocos han llegado…. Al mirarnos en nuestro espejo, nos decepcionamos de nosotros mismos. Y cuando nos sentimos mal con nosotros mismos, probamos “habitar” otras pieles, sin cuidar de la nuestra. Y así tratamos de disfrazarnos, inflarnos y engrandecernos… como si, siendo de otra manera, tuviéramos más posibilidades de ser amados.

Hay una historia del Talmud judío que nos puede aportar luz para evitar esa siniestra trampa:

 

“Cuando el judío Akiba estaba en su lecho de muerte, se lamentó ante su rabino de ser un fracasado. Su rabino se le acercó y le preguntó por qué, y Akiba confesó que no había vivido una vida como la de Moisés. El pobre hombre empeñó a llorar, admitiendo que tenía muchísimo miedo del juicio de Dios. Al oír esto, el rabino se inclinó sobre su oído y le susurró suavemente: “Dios no juzgará a Akiba por no ser Moisés. Dios juzgará a Akiba por no ser Akiba”.

 

«¡Sé tu mismo!». Esculpe en tu alma ese principio básico de la gramática elemental de la vida, porque hay Alguien que te quiere tal y como eres, aunque tú no lo percibas todavía. El Papa Francisco no se cansó de gritarlo a los jóvenes -y a todos- en la JMJ de Cracovia: «Dios nos ama tal como somos, y no hay pecado, defecto o error que lo haga cambiar de idea». Esas palabras del Papa no son una invitación a la pereza, a quedarnos donde estamos en un conformismo estéril de quien no quiere crecer. No se trata de eso, en absoluto. Al contrario, de lo que se trata es de hacer de la autoaceptación el necesario punto de partida para la superación personal y el crecimiento. Solo así podemos alcanzar lo mejor de nosotros mismos. Porque jamás crece la persona que se autodesprecia. Aunque a eso, equivocadamente, le llame humildad.

Juan Carlos Martos cmf

 

 

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