¿Santos ateos?

Hay personas que se declaran ateas o agnósticas y muestran, a la par, una extraordinaria altura moral; hasta tal punto que se convierten en modelo para los creyentes; lo cual es un desafío y, a la vez, una pregunta inquietante para quienes nos confesamos creyentes. Albert Camus reflejó a este tipo de personas en su novela La peste. El Nobel francés ofrece en ella un conmovedor diálogo entre un creyente y un ateo:

  • En resumen -dijo Tarrou con sencillez-, lo que me interesa es saber cómo se hace uno santo.
  • Pero usted no cree en Dios -le respondió Rieux-.
  • ¿Puede uno ser santo sin Dios? Es el único problema concreto que admito actualmente.

Este breve texto nos pone ante la cuestión de si es posible ser santos sin declararse expresamente creyentes. No la reduzcamos a un teorema teórico. Veamos cómo esto atañe a hechos de la vida corriente.

Acercaos a un hospital. Entrad en una sala con cinco enfermos afectados de la misma dolencia. Seguramente encontraréis a tres de ellos angustiados por su propia enfermedad. A uno, resignado a ella. A otro, sereno y quizá radiante. ¿Cómo es posible? O preguntaos por qué, con el mismo sueldo, dos oficinistas uno vive tranquilo y entregado a su familia y a los vecinos y al otro no le llega la respiración al cuello por la angustia. ¿Por qué pasa esto?

Lo que desvelan estos ejemplos es que, efectivamente, la santidad existe al alcance de cualquiera. No es un sueño romántico. Y es de fabricación casera. ¿Que cómo se fabrica? Cada uno debe encontrar su propia receta. Pero podrían servir algunos de estos “trucos”:

  • El primero y más importante es tener algún gran ideal para cuya consecución lleguen a importar bien poco los fracasos y las dificultades.
  • Tener fe en el futuro y confianza en la vida. Asumir cada día los problemas de hoy en lugar de ponerse a sufrir anticipadamente por los que podrían tal vez llegarnos mañana.
  • Tomar y vivir la decisión de, pensar mucho más en lo positivo y bueno que tenemos que en las zonas sombrías que tendremos que cruzar. Hablar del bien; no revolver los residuos de los fracasos.
  • Amar descaradamente al prójimo y preferir ser engañado una vez por él a pasamos toda la vida desconfiando de todos (con lo que seremos perpetuamente engañados).
  • Dedicarse más a los problemas del prójimo que a los propios. Así se curarán o mitigarán los dos.

Pero, recordemos que, al fin de cuentas, todos estos trucos -y otro más que no recojo- son meros trucos. Sólo sirven para ir descubriendo que es la gracia de Dios la que nos hace santos, seamos creyentes o no, estemos bautizados o, como decía K. Rahner, seamos “cristianos anónimos”. La santidad se esparce por toda la tierra… Y Dios sabe tocar discretamente los corazones de todos, todos, todos.

Juan Carlos cmf

(FOTO: K. Mitch Hodge)

 

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