REFUGIADOS, LA DOBLE VARA DE MEDIR

Mientras Interior ultima un mecanismo “rápido y sencillo” para dar papeles a los refugiados de la invasión rusa caía en mis manos una carta de Monseñor Agrelo, arzobispo emérito de Tánger  que me llamó poderosamente la atención por lo que decía:  “Todos hemos visto que Europa abrió sus fronteras; pero que nadie me pida discernir si se trata de una Europa que se despierta solidaria con los necesitados… porque en la misma semana, en los mismos días, en la frontera de Melilla, rechazamos sin piedad a hermanos nuestros que huyen de otras guerras, de otros horrores, de otros sin vivir”.

Y no cabe duda de que es admirable el despliegue de generosidad y compasión con que Europa se ha volcado con los refugiados ucranianos. No sólo la Unión Europea y los diversos organismos gubernamentales, sino también iniciativas municipales, vecinales y particulares. Desde ACNUR, Cruz Roja o Unicef a las numerosas onegés, iglesias y organizaciones de vecino o ciudadanos ucranianos residentes en cada ciudad de España están haciendo un esfuerzo por el envío de camiones con alimentos, ropa o medicinas a las fronteras de Ucrania con Polonia, Rumanía o Moldavia.

Lo que ya no resulta tan admirable, como indica en un reciente artículo de Público, David Torres, “es la tibieza que la Unión Europea y esos mismos organismos gubernamentales han mostrado con docenas de miles de refugiados de otras guerras y de otros continentes, la tranquilidad con que bostezan ante los repetidos naufragios de las embarcaciones que se atreven a cruzar el Mediterráneo, la pachorra con que plantean indescifrables telarañas burocráticas a los afortunados que logran poner pie en Europa, la indiferencia con que asisten al infierno helado de los campamentos turcos y griegos donde los niños mueren de hambre y frío”.

Debe de ser que Ucrania cae más cerca que Siria, que Sudán, que Congo, que Yemen, que cualquiera de esas guerras terroríficas que asolan África y Oriente Medio desde hace años, algunas desde hace décadas. Debe de ser que no vemos esas guerras por la tele, comentadas a todas horas por los mismos tertulianos que antes estaban hablando de volcanes o pandemias, publicitadas a todas horas mediante imágenes escalofriantes que en ocasiones están tomadas de otros conflictos o incluso de un videojuego, mientras que nunca vemos las ráfagas de ametralladora en las selvas africanas ni los hogares destruidos en Yemen ni los cuerpos golpeados de esos jóvenes africanos que intentan saltar la valla de Melilla.

Debe de ser que los ucranianos se parecen más a nosotros, tienen la piel blanca y no son negros ni musulmanes.  Por eso nos conmueve tantísimo ver estos días a los niños ucranios en la tele. Porque son los inocentes entre los inocentes de una guerra, sí. Pero, sobre todo, porque son como nuestros hijos. Con sus chupetes, sus peluches y sus pantallitas. Tan blancos, tan rubios, tan monísimos con sus plumas de colorines y sus gorritos de pompones, tan formalitos, tan sin sacar los pies del canon. Por eso nos tocan la fibra. Hemos visto, seguimos viendo, a otros niños tan víctimas, tan refugiados, tan inocentes como ellos. Pero son distintos y, tocándonos, no nos tocan tanto. “Somos como vosotros”, nos exhortó e Zelenski, pidiendo ayuda a los padres de la patria europea. Más allá de a la geopolítica, a los intereses comerciales y a los botones nucleares, el presidente ucranio apelaba a esa vena nuestra tan noble y tan perversa de el “nosotros” y “ellos”. Hasta tal punto que el  diablo de esta medida hace que los ucranianos que abandonen el país por la ofensiva rusa tendrán garantizados de forma automática los derechos de vivienda, trabajo, educación o libertad de movimiento en todo territorio europeo dejando fuera a los nacionales de países terceros por las presiones del llamado grupo de Visegrado (Polonia, Hungría, Eslovaquia y Chequia).

Sí, debe de ser cosa de la proximidad étnica y geográfica, aunque si lo pensamos bien, Trípoli está mil kilómetros más cerca de Madrid que Kiev o el mar de Alborán, que baña la provincia de Málaga engulla en su vientre a miles de refugiados ahogados en las últimas décadas o que en los mercados de Libia, hoy mismo, están subastando esclavos.

A lo mejor es porque hay refugiados de primera y de segunda. Nos preguntamos, pues, por qué no se actúa igual con el resto de los refugiados e inmigrantes, provenientes de otros países en conflicto, como, sirios, palestinos, saharauis, yemeníes o subsaharianos. ¿No tienen la misma dignidad, independientemente de su nacionalidad, cultura o religión? A los ucranianos se les ayuda a desplazarse y se les procura lo necesario para vivir y realojarse, sin embargo, al resto no se les trata igual. Llama la atención, asimismo, que a los voluntarios que ayudan a los ucranianos se les agradece su ayuda; sin embargo, a los voluntarios que ayudan a los otros migrantes o refugiados se les persigue, detiene e incluso se les acusa de tráfico de personas. ¿Diferente vara de medir? De hecho, Almeida se ha ofrecido a acoger en Madrid a los ucranianos que haga falta, cuando hace sólo unos años criticaba el cartel de bienvenida con que Carmena recibía a otro tipo de refugiados. O que Polonia también ha cambiado abriendo sus fronteras a la llegada de miles de ucranianos, cuando hace sólo unos meses docenas de migrantes bielorrusos murieron congelados en los bosques al intentar cruzar la frontera polaca.

Es triste constatar que la solidaridad, la cooperación y la piedad acaban ante cierta tonalidad de la piel, cierto sesgo ideológico o ciertas creencias religiosas, lo mismo que el interés informativo por unas guerras que merecen portadas, primeras planas y reportajes a todas horas, y la apatía por otras que importan menos que un desfile de moda.

 

Luis Pernía (ASPA)

(FOTO: Eric Masur)

 

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