¡Qué transparente esta tarde sin relieve!

Atardece y mi sombra es alargada
como un beso sediento.
He pisado mi sombra
y se adormece el viento con su brisa.

Encajes de sirenas y corales
engalanan el cielo de mis vértigos
y se apagan los llantos en la orilla
de un horizonte violeta.

Suena a lo lejos el lamento gris
de una guitarra adolescente
y sus ecos reposan en mis labios:
Canción de amor que empuja esta noche
y despierta a la luna para el rito
originario de la sangre.

¡Qué transparente esta tarde sin relieve!
Los árboles con la mirada
hacia un espacio inabarcable.
Los pájaros, de vuelo en vuelo
anidan su reposo.
Camina el hombre pensativo
al hogar de sus miedos.
Y un clamor de silencios habitados
Interrumpe mis verbos.

Dios nos habita. Dios nos reclama
apacentar la luna y las estrellas
y sembrar cada surco de esta tierra
de fértiles semillas y caricias.
La lluvia de amor corre por su cuenta
y la cosecha llega
a tiempo y a destiempo.
Y mañana será otro día
Incierto en sus afanes,
seguro en su sendero.

(En el fondo de las caracolas
Se cobija la noche)

Dios nos habita.
Dios nos recrea.
Dios nos sostiene.

Blas Márquez, cmf

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