Cada película de animación que sale de la franquicia Disney-Pixar es un acontecimiento merecedor de atención. No creo que sea necesario detenerse a estas alturas en la factura técnica de las producciones, que está más allá de todo elogio. Sí me parece oportuno, en cambio, fijarnos en las historias que nos cuentan. Sus narraciones, en su aparente sencillez, nos ofrecen un mundo de valores que haríamos mal en desatender. Pueden parecer simples, pero muy eficaces y de una claridad elocuente. Es un cine para pequeños, y también para adultos que no dudan en elegir recluirse durante una hora y media en el mundo mágico que nos proponen. Siempre encontramos algún motivo, y más de uno, que justifica la elección.

Ha sucedido en Up, Wall-E, Del revés, Toys Story, y más. Y también en Luca, obra del realizador Enrico Casarosa, autor de una pequeña (por su brevedad) maravilla titulada La luna. Aquí vuelve a ofrecernos una historia con abundantes recursos simbólicos que nos invitan a adentrarnos en las profundidades de una narración que dice mucho más de lo que aparenta a primera vista. Ya Bruno Bettelheim nos previno hace mucho tiempo de la riqueza contenida en los cuentos de hadas e indagó en las lecciones que ofrecían. También las producciones de Disney-Pixar nos dan una poderosa lección de humanidad y empatía.

En Luca coexisten dos mundos: el mundo humano, que habita en un hermoso pueblo de la costa italiana; y el mundo marino, poblado de seres (“monstruos” les llaman los humanos) que habitan en el fondo del mar, no muy lejos de la costa. Ambos se evitan, amparados en un atávico miedo recíproco que parece inserto en el inconsciente de todos. Luca es uno de esos seres marinos que, a pesar de los avisos reiterados de su madre, desea conocer ese otro mundo que otea a lo lejos. Un día, se encuentra con Alberto, otro ser marino muy acostumbrado a introducirse en el mundo humano. Luca se siente atraído por las propuestas de su nuevo amigo. Los seres marinos tienen un recurso para pasar desapercibidos cuando se internan en las calles del pueblo y observan a los seres humanos. Pueden pasar como uno de ellos. En el lado humano, encontramos a una niña, Giulia, atrevida, valiente y entusiasta que pronto se gana la simpatía de los dos amigos marinos, desconociendo su verdadera naturaleza. Y se suceden los acontecimientos de la historia, con sus antagonismos y los miedos que conducen al desprecio del distinto, a la difícil convivencia de quienes nunca se han visto cara a cara y cuyo desconocimiento les ha mantenido alejados, recelosos, enemigos sin entender los motivos más allá de una apariencia que es simple envoltura del mundo interior que les asemeja más de lo que quieren reconocer.

Como parece preceptivo, la historia derivará hacia la solución más satisfactoria, pero en el camino nos ofrece un manantial de luz, movimiento e imaginación, que hace de Luca una experiencia muy recomendable.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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