Las distracciones

Los liturgistas y los pedagogos de oración han tratado de inculcarnos por activa y por pasiva que cada celebración litúrgica (como la misa) o devocional (como el rosario) tienen que estar llenas de unción y fervor, y que algo falla cuando nos encontramos desinflados, aburridos, mirando a nuestro reloj o divagando en nuestro interior entre imágenes y deseos volátiles.

Por otra parte, en muchos libros de espiritualidad se nos advierte sobre los peligros de orar, o de hacer una obra de caridad, simplemente por obligación. Hay algo que va mal cuando los actos de amor, oración o servicio se vuelven rutinarios y fríos. ¿Qué valor tiene hacer algo si no pones en ello tu corazón?

Sin duda que hay algo legítimo en esas advertencias. La responsabilidad sin corazón no soporta las pruebas de la fidelidad. Sin embargo, admitido esto, es importante reconocer y señalar el hecho de que cualquier relación de amor en la familia, en el trabajo, en la iglesia, en la oración… solamente pueden mantenerse por un largo período de tiempo a través del ritual y de la rutina. Es la ritualidad la que sostiene al corazón, no a la inversa.

Hemos perdido la capacidad ritual. La ritualidad que es consciencia y orden nos hace bien. El dejarnos llevar sólo por los estados emocionales termina por destruir toda relación. La oración es, en realidad, un misterio de ausencia y de presencia, como el amor. De cercanía y de distancia. El amor no es solo cercanía, también es distancia en la que se genera el deseo. No nos debe preocupar, pues, que la mayor parte del tiempo no estemos a tope…

Por eso, lo imprescindible no es la perfección formal con la que se realiza una determinada práctica espiritual, sino la pureza de corazón con que uno se entrega a ella. Esa purificación se realiza en la ritualidad, en la gestualidad. Se crece y se madura si se cumplen dos condiciones básicas: la humildad (fiarse) y la constancia (mantenerse en el tiempo).

Lo mismo ocurre cuando, por ejemplo, una familia se propone que cada comida sea un “acontecimiento” en el que todos y cada uno están presentes. Así se comprometen afectivamente y se vinculan. Las presiones de las prisas y de la agenda personal habrían de ser sorteadas. De otra manera, muy pronto notarán que cada vez más miembros de esa familia encuentran excusas para no estar allí. Y por buena razón: Nadie tiene energía para celebrar un “banquete” cada día. Efectivamente, nadie, excepto Dios. Él es inmune al cansancio, a la distracción, a la ausencia o a la preocupación de sí mismo que pueden hacer difícil al corazón estar alerta, atento, emocionalmente presente en cualquier momento. El amor, como afirma el lenguaje del Movimiento Encuentro Matrimonial, se muestra en la decisión, más que en el sentimiento -que muchas veces suele faltar-. La decisión es la libertad de permanecer fielmente, se esté como se esté.

Lo mismo cabe decir de la oración. Quien ora sólo cuando se siente afectivamente motivado y gratificado no mantendrá la oración durante mucho tiempo. Por el contrario, el hábito de oración, el ritual, la sencilla fidelidad a una sencilla práctica, acudiendo a hacerla sin tener en cuenta ni sentimientos ni ganas, puede sostener la oración durante toda la vida y dominar el vagar de la mente y el corazón, que no dependen de nosotros.

Juan Carlos cmf

(FOTO: Patrick Fore)

 

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