La trinchera infinita

En estos días de confinamiento obligado e imposibilidad de abandonar la casa, salvo por razones muy concretas y esenciales, ver La trinchera infinita puede resultar a algunos un ejercicio de masoquismo. Cuando escribo estas líneas llevamos varias semanas de encierro y es más que comprensible sentir cierta sensación de agobio (imagino que nada que ver con quienes están en primera línea haciendo frente a esta epidemia). ¿Qué diríamos si fueran más de treinta años, día tras día, sin posibilidad de cruzar el umbral de tu casa, y con la amenaza cierta –no una simple posibilidad- de ver tu vida cercenada, no digo ya alterada porque eso ya lo estaba? De eso trata esta película que recrea con verosimilitud y sentimiento la odisea inmóvil de un topo, uno de esos hombres que a consecuencia del enfrentamiento que asoló España en el siglo pasado se vio obligado a esconderse en su propia casa para salvar su vida, con la tensión continua de ser descubierto y la preocupación por su familia (su esposa en este caso) que había de seguir viviendo como si nada pasara (salvo el hecho de fingir la estancia lejana e imprecisa de su marido en algún lugar lejano).

Higinio y Rosa son una pareja obligada por las circunstancias (es decir, las personas que las hacen posibles) a vivir un fingimiento insoportable. Tras un prólogo a campo abierto que da fe de la barbarie que empujará a Higinio a su encierro (delaciones, apresamientos, huidas, asesinatos), le vamos a acompañar participando de la tensión y el miedo que se respira en su casa, convertida en su tabla de salvación y su lugar de reclusión. Así, la mayor parte de la película transcurre en el interior de la vivienda (lo cual sin duda tuvo que suponer un esfuerzo de producción notable). Por un lado, el protagonista (Antonio de la Torre en una interpretación rigurosa y de algún modo cercana a la que ofreció en La noche de doce años, retrato también de resistencia ante una dictadura) se recluye en un espacio mínimo, abandonándolo y deambulando por las paredes de su casa cuando no existe riesgo de ser descubierto; por otro lado, su esposa (la actriz malagueña Belén Cuesta, dando un recital de gestualidad, de dicción nada impostada, de capacidad de transmitir la angustia, el cansancio y el hastío provocado por un encierro tan prolongado): ambos se aferran a la necesidad de sobrevivir afrontando las diversas situaciones que necesariamente se van encontrando a lo largo de tantos años.

Ya lo he dicho. Tal vez no sea la película más adecuada para airearse. Para ese propósito recomiendo que vean Puñales en la espalda, que sin duda les entretendrá. Pero merece la pena acercarse a La trinchera infinita; si no ahora, cuando salgamos de este túnel oscuro en el que estamos. ¡Qué difícil tuvo que ser afrontar un destino tan insoportable!

Antonio Venceslá Toro, cmf

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