LA SALUD MENTAL EN EL PROCESO MIGRATORIO (1ª Parte)

La Organización Mundial de la Salud (OMS), en diciembre del 2013, definió la salud mental como un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad. Salud mental es una construcción de una multiplicación de factores, que abarca, entre otros aspectos, el bienestar subjetivo, la percepción de la propia eficacia, la autonomía, la competencia, la dependencia intergeneracional y la autorrealización de las capacidades intelectuales y emocionales; y recibe contribuciones de diferentes disciplinas.

La inmigración establece un proceso duradero que conlleva evoluciones inacabadas e intensas vicisitudes en el viaje de un entorno a otro, que obligan el inmigrante a redefinirse constantemente de acuerdo a las nuevas condiciones. Algunas veces estas situaciones y vicisitudes dignifican y ensanchan los horizontes en las vidas de los inmigrantes, en otras pueden generar un insoportable sentimiento de pérdida, inseguridad e incertidumbre. No estamos hablando de un hecho aislado, o de una experiencia traumática aislada, que se revela en el instante que se produce la salida del país de origen, o en la llegada al nuevo destino, sino que es un continuo de principios determinantes de ansiedad, de pena y sentimiento de desamparo. Estamos hablando que la inmigración puede perturbar muchas dimensiones de la vida y reclama algún tipo de cambio respecto al ajuste habitual del individuo. Son perturbaciones que pueden coartar la vida de la persona inmigrante en distintas modalidades, sin dejar de lado que a más repertorio de cambios se acrecienta la eventualidad de enfermar (Sandín, 2003):

  • Activando estados emocionales negativos como ansiedad, depresión, estrés. etc.
  • Desplegando relaciones poco saludables y/o manteniendo reacciones fisiológicas desequilibradas (sobreactivación del sistema nervioso simpático), con la consecuente mengua de la eficacia defensa del sistema inmunológico, lo que incrementa el nivel de vulnerabilidad a la enfermedad.
  • Afectando a la eficacia con que el individuo se desenvuelve en los desiguales roles que desempeña en la sociedad, la calidad de sus relaciones interpersonales así como el grado de satisfacción que obtiene en uno u otro caso.
  • Transformándose en factores desencadenantes de amenazas al sentimiento de identidad.

Por desgracia, los movimientos migratorios involucran a determinadas capacidades de discriminación de la sociedad de origen, en virtud de la cual son aquellas personas que más y mejor dotadas de múltiples recursos, tanto personales, sociales y económicos, como de salud o de educación, las que mayor acogida reciben. Esta es una de las razones, por lo que se puede reafirmar que los inmigrantes son, en general, personas sanas y fuertes, y su fragilidad comienza cuando llegan al lugar de acogida, y como consecuencia a las múltiples formas de estrés a los que les corresponden desafiar. Es evidente que la inmigración supone irremediablemente un proceso de transformación, y que comporta una sucesión de pérdidas y ganancias, estableciéndose una fuente de estrés psicológico y complicaciones emocionales, cuya profundidad dependerá́ de los recursos con la que la persona cuenta para hacerle frente. La alianza entre una vulnerabilidad personal y “acontecimientos vitales” es lo que puede convertir la emigración en factor de riesgo para la salud mental. Y así es en realidad: según la Fundación Española de Psiquiatría y Salud Mental (FEPSM, 2007) el estrés provocado por el cambio tajante de cultura, hogar y el sentimiento de discriminación que sienten muchos inmigrantes son el fundamento de una progresiva emergencia de pérdida de salud mental entre los inmigrantes en España.

 

José Antonio Benítez Pineda, cmf

(FOTO: El Economista)

 

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