Manuel Martín Cuenca es un realizador andaluz que en sus últimas películas detiene su mirada en aspectos miserables de personajes esquinados, de doble cara y muy oscuras intenciones. En Caníbal y El autor nos proponía dos relatos (el segundo basado en una novela de Javier Cercas) que ahondaban en la mente de sus protagonistas, dos hombres que hacían de su propio interés y su impostura egoísta el motor de sus actos.

Con su última película, La hija, parece insistir en una situación similar, ampliando en este caso la mirada a un matrimonio de clase media, Javier y Adela, que desean un hijo. Ante la imposibilidad de tenerlo, traman un plan que describe por sí solo el carácter de la pareja: deciden acoger en su casa, una vivienda aislada en medio de una serranía giennense y protegida por dos agresivos perros, a Irene, una joven embarazada que está internada en el centro de menores donde Javier trabaja como educador y a la que éste ayuda a escapar, ocultándola hasta que dé a luz con la condición de que les entregue el hijo que nacerá. A partir de esta premisa, se van sucediendo circunstancias y giros de guion que van haciendo cada vez más compleja la situación y alteran el plan que el matrimonio había previsto, obligándoles a tomar decisiones imprevistas.

La paternidad/maternidad deseada es el motivo que pone en marcha esta entretenida historia que mantiene la atención durante todo su metraje. Al contemplar La hija nos queda la duda acerca de las intenciones del matrimonio protagonista que, como en las películas anteriores de su realizador, alteran el orden de las cosas en su propio beneficio. Sus protagonistas, Javier Gutiérrez (como un educador supuestamente atento y considerado, cultivador de las buenas formas, dialogante mientras todo discurra según sus intereses) y Patricia López Arnáiz (frustrada madre que está dispuesta a cualquier cosa para satisfacer sus ansias maternales) junto a la joven Irene Virgüez (ingenua al principio, tozuda después en la defensa de sus deseos), contribuyen a hacer de su visión una experiencia interesante merecedora de atención. Los dos primeros ofrecen en sus interpretaciones la ambigüedad y amoralidad de quien subordina todo a sus intereses, erigiéndose en representación de una sociedad enferma que actúa con insistencia perruna en no soltar la presa que han capturado. La alusión canina está justificada puesto que los perros guardianes de la casa del matrimonio terminan adquiriendo un protagonismo que espanta.

Por otro lado, no es impertinente el dilema moral que plantea esta forma de maternidad subrogada que constituye el meollo de la historia.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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