La consagración de la primavera

Parece una firma de autoría de Fernando Franco iniciar una película con un largo plano centrado en la protagonista de la película. Desde atrás, siguiéndola (en La herida), o frontal, contemplándola, acompañando su timidez (La consagración de la primavera). Será una constante frecuente en los minutos que dura la película: la cámara pegada a la nuca de Laura, la joven estudiante de químicas, que vive en un colegio mayor “de monjas” (es su primer año universitario y su familia mallorquina quiere que se vaya adaptando poco a poco a la vida madrileña) y deambula por el Madrid nocturno intentando encontrarse y vivirse en todas sus apetencias y necesidades.

Laura, como es normal en una joven de su edad (recién cumplidos los dieciocho) venida de un ambiente que se presume conservador y controlador, investiga sobre sí misma (más allá de los experimentos señalados en el currículum de los estudios que cursa), para conocerse, explorarse…

Y en ese camino se cruza con David, un joven que padece parálisis cerebral, obligado a permanecer acostado o sentado, pero dependiente para todo de su madre, Isabel, que le cuida con ternura. David es un activista que tiene un blog en el que reivindica la asistencia sexual que necesita para satisfacer sus necesidades afectivas. Porque el sexo, no solo en su fisicidad más evidente sino como expresión de afecto y atención, es una necesidad que David ha de satisfacer. Y Laura se ofrece a ello, casi sin pretenderlo, a cambio de un dinero que necesita porque en Madrid “todo es muy caro”. Parece sórdido y malsano, pero no lo es. La mirada de Fernando Franco es limpia y el cariño que siente por sus personajes y la limpieza con que los describe así lo certifica.

En este contexto, Laura va madurando, reconociéndose como alguien también necesitado de afecto y cariño. En este proceso de (auto)conocimiento no faltan dudas, miedos y vacilaciones. La sinceridad y limpieza de miras de David van educándola, le ayudan a verse de otro modo, a sentirse, como David, necesitada de alguien que la acompañe en su proceso de maduración sexual y vital. Cuando lo encuentra en un compañero de estudios, amable y respetuoso con ella, su vida comenzará a cambiar, adoptando cierto tono de normalidad. Ese último plano, los dos cruzando la noche madrileña, es el certificado del salto a la madurez que Laura por fin ha dado. David ha quedado atrás, o al menos continúa con ella, pero de otra manera.

La actriz Valèria Sorolla (merecedora desde ya al Goya a mejor actriz revelación), con su figura menuda y adolescente, carga en sus espaldas gran parte de la película. No menos valiosa es la aportación de Telmo Irureta, el joven que interpreta a David, aportando a su personaje un sentido del humor que parece formar parte de su carácter real. Emma Suárez demuestra una vez más que es un valor siempre fiable en cualquier producción. En el caso de La consagración de la primavera merece destacarse también el cartel de la película, cuya autoría desconozco. La figura de la actriz protagonista rodeada de flores como si estuviera en una campana de laboratorio, es una imagen icónica significativa que simboliza el acceso a la madurez de la joven, que, como una flor más, encuentra su lugar en el jardín del mundo.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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