Hablar (o no) de Dios

¡Cuántas veces habremos hablado de Dios a lo largo de nuestra vida! Nos explicaron el sentido de su nombre en la catequesis; nuestros mayores nos enseñaron a rezarle; seguimos escuchando muchas cosas a su favor o en su contra; lo hemos incluido en nuestras conversaciones para aclarar el sentido de lo que pasa en el mundo; le hemos invocado en nuestras necesidades para suplir nuestra impotencia; tal vez le hemos temido al vernos pecadores; lo hemos ignorado por inercia o por descuido… También hemos creído en él; lo hemos confesado; lo hemos estudiado; lo hemos predicado; lo hemos defendido frente a ateos o agnósticos; posiblemente hemos dudado también en algún momento de su existencia… pero pocos de nosotros podemos decir que lo hemos amado con aquella ternura e intensidad que solo un enamorado conoce.

Si meditamos un poco sobre esos diversos usos que hemos hecho o seguimos haciendo sobre el nombre de Dios podemos rastrear algunas evidencias:

  • Unas veces, ese Dios del que hablamos queda reducido a un simple tema de conversación y poco más. Lo representamos bajo un conjunto de ideas y percepciones que necesitamos. Porque la complejidad de la vida exige una explicación con algo de lógica. Y así Dios es una idea, susceptible siempre de ser cambiada por otra, si no funciona.
  • En otras ocasiones, el nombre de Dios queda transformado en un arma de ataque o de defensa. Lo utilizamos para marcar distancias y levantar barreras, para herir o ridiculizar, para defendernos o para contraatacar, o acaso para protegernos en la adversidad. Pero ese no es el Dios del amor, sino el de la guerra.
  • Para muchos, tal vez ahora más que antes, Dios o es un sentimiento o no es nada real ni importante. Buscamos “tener experiencias de Dios”. O conmueve, emociona y gratifica, o es insignificante. Y lo insignificante se acerca mucho a lo inexistente y baladí.
  • También Dios es una papelera donde arrojar lo negativo, lo escandaloso, lo turbio, lo depravado de la historia y de los seres humanos. Sirve de chivo expiatorio donde dirigir nuestras quejas y acusaciones culpabilizándole de lo mal que van las cosas y de lo injusto de la vida.

Son maneras equivocadas de tratar el nombre de Dios. Aun así, pueden marcar caminos de crecimiento porque abocan a crisis purificadoras. Siempre serán positivas si conducen al final a aquello que escribía bellamente un poeta profundamente creyente:

He amado a Dios como quien, con un corazón de niño,

busca regazos profundos en los que descansar,

he amado a Dios como una joven a un hombre

Según esto, decir que creemos en Dios es demasiado poco. Se trata de amarlo, no de pensarlo. Amar a alguien es más que creer en su existencia. Si no le amamos, haríamos mejor en callarnos, como dicta sabiamente el segundo mandamiento.

Juan Carlos cmf

(FOTO: Gonzalo Gutiérrez)

 

Man in the image of Christ reaching out his hand, dark background. Belief in god, christian faith

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