Godland, literalmente ‘tierra de Dios’ casi podría titularse con más propiedad “No Godland”, porque las peripecias del sacerdote (pastor protestante más exactamente) protagonista de la película no parecen un vehículo adecuado para hacer presente a Dios en las inhóspitas tierras donde transcurre la historia. Un joven pastor danés (a finales del siglo XIX, Islandia era parte de Dinamarca) es enviado por su superior a una tierra lejana para evangelizar a sus habitantes y construir una iglesia. Le han marcado un plazo (antes de la llegada del invierno). El pastor, animoso y dispuesto, se embarca rumbo a su nuevo destino, pero no se dirige directamente al lugar indicado, sino que decide desembarcar lejos para recorrer a pie buena parte de la isla y conocer la tierra a la que ha llegado y poner en juego una de sus pasiones: la fotografía. Se trata de un arte aún incipiente, para cuya práctica es preciso un artilugio pesado, que él antepone a cualquier otra cosa.

La larga marcha hacia su destino va haciendo mella en su ánimo y creando en él cierta decepción o pesimismo. Parece que las ilusiones iniciales se van viendo disminuidas. La tierra a la que ha llegado se revela dura y no deja de poner a prueba la fidelidad del pastor, cada vez más envuelto en dudas y decepciones (actitudes más que frecuentes en tantas historias anteriores protagonizadas por pastores luteranos, caso de películas de Bergman o la serie danesa Algo en que creer).

La primera hora de esta larga película ocupa el viaje hasta la comunidad. La segunda mitad refleja situaciones y relaciones con los habitantes de aquel lejano lugar. Es curioso que el joven pastor apenas ejerce su función como tal, y su colaboración en la construcción de la iglesia es más bien secundaria. Las relaciones con los feligreses apenas existen, se mueven en una actitud más bien distante. Es cierto que su faceta fotográfica le acerca a unos y le distancia de otros, convirtiéndole en una especie de artista de feria, alejado de su misión inicial.

Más allá de la historia, destacamos varios aspectos formales que hacen de Godland una experiencia novedosa, o al menos alejada de los cánones en boga. El formato cuadrado la acerca a un cine de otro tiempo; el ritmo lento aconseja situarse ante ella con mirada atenta y dispuesta; algunos planos repetitivos marcan el paso del tiempo de una manera inédita y poco convencional. En suma, si unimos a ello su larga duración, diremos que Godland requiere voluntad de acercarse a ella con espíritu receptivo y sin prisa por acogerse a su singular propuesta.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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