Girasoles silvestres

El realizador Jaime Rosales ha ido componiendo una filmografía no siempre fácil de seguir, en forma y en fondo. Sin embargo, en su última película ha querido acercarse al público y proponer una película de apariencia sencilla, atractiva e interesante y merecedora de atención.

En Girasoles silvestres acompañamos la vida de Julia, una joven madre de dos hijos, que busca querer y ser querida, hallar un ambiente sereno para ella y sus niños. La película está estructurada en tres partes que se corresponden con cada uno de los hombres con los que intenta encontrar ese particular lugar de paz y armonía.

La música de Triana, grupo ya veterano de lo que se dio en llamar rock andaluz, puntúa el comienzo y el final de la narración. Julia, como los girasoles, va buscando un sol que le dé calor y en esa búsqueda va girando, buscando esa arcadia feliz donde ella y sus hijos encuentren su lugar en el mundo. Pero la búsqueda no es fácil. Julia no quiere sentirse sola, no desea estarlo. Y asume riesgos que surgen más de su necesidad y que no siempre la conducen donde quiere estar.

El primer tercio de la película centra la atención en la relación con Óscar, hermano de una amiga, que decepciona brutalmente sus expectativas y rompe en pedazos sus sueños. Una profunda elipsis nos conduce a Melilla donde una vez más siente que sus esperanzas no encuentran acomodo en la relación con el segundo hombre de su vida. Y finalmente, otra elipsis no menos radical, nos lleva de vuelta a Cataluña, donde una tercera relación con un antiguo conocido parece aportarle lo que busca, aunque no es fácil, y la vida se le revela siempre difícil. Pero Jaime Rosales le permite atisbar un trozo de esperanza al compás, de nuevo, de la música de Triana.

Hay en Girasoles silvestres un valor destacado: la interpretación de Anna Castillo que, con naturalidad, se erige en centro de la narración y nos invita a pasar con ella los retazos de su vida, también a sufrir con ella, a buscar con ella. Es la suya más que una interpretación al uso. Julia y Anna se identifican y hacen posible así el milagro de hacernos compartir su vida, sencilla, algo inconsciente a veces, o tal vez caprichosa otras, pero siempre atada al amor que desea y a los hijos que constituyen gran parte de su sentido vital. Junto a ella, Oriol Plá, que encarna a Óscar, también nos invita a sentir con intensidad el malestar vital que se adueña de Julia; la decepción de no encontrar satisfacción a sus aspiraciones.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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