Fue la mano de Dios

Paolo Sorrentino es posiblemente la figura más representativa del cine italiano actual. Su filmografía se emparenta con la tradición de la comedia italiana y particularmente con el cine del maestro Federico Fellini. Una de sus películas más celebradas, La gran belleza, podría verse como una suerte de versión actualizada de una de las cumbres fellinianas, La dolce vita. Sorrentino se ha acercado con sarcasmo a la realidad italiana a través de los retratos de figuras públicas como Andreotti y Berlusconi; y a la figura del papado en El joven papa, dos temporadas de una serie singular cargada de imaginación y espíritu crítico.

Su última película es Fue la mano de Dios, título inspirado en el gol con la mano que Maradona, icono presente en todo el metraje, marcó a Inglaterra en el mundial de Méjico de 1986. En ella da testimonio una vez más de su maestría y precisión en el retrato de unos personajes entrañables y unas imágenes, fruto de su originalidad e imaginación.

La película está dividida en dos partes delimitadas por unos hechos trágicos que actúan como detonante de la propia película. La primera parte nos acerca a la familia del propio realizador, un grupo variopinto, cuyos intérpretes son un acierto de casting y nos remiten al mundo de Fellini. Es una mirada cargada de dulzura, teñida de la nostalgia de otro tiempo, de los recuerdos de una época plena de sueños y posibilidades. En los primeros sesenta minutos, Sorrentino nos ofrece su particular Amarcord felliniano, una mirada cariñosa a su adolescencia y a la familia que constituía su mundo, particularmente a sus padres, y al contexto en el que vivió sus primeros años, la ciudad de Nápoles, absorta por la llegada de Diego Armando Maradona que revolucionó la sociedad napolitana y llenó de esperanza el ánimo de Fabietto, el adolescente en quien Sorrentino vuelca la memoria de ese tiempo pasado e ilusionante.

Transcurridos algo más de sesenta minutos de película, un acontecimiento trágico inunda las imágenes con otro tono. La comedia risueña de la primera parte va dejando paso a una mirada más contenida, no necesariamente triste, pero más preocupada; Fabietto va abriendo su mente y atisbando el futuro que está llamado a vivir, con más responsabilidad, mayor conciencia de sí mismo y del protagonismo que se ve obligado a asumir por la fuerza de los hechos. Así vemos cómo desaparece el tono risueño y cierta mirada trágica (sin que sea tampoco exagerada) se adueña de la historia. El joven Fabietto se presta a afrontar su destino que le llevará a constituir una filmografía admirable llena de imágenes, personajes, situaciones de gran originalidad y un mundo propio que le hace merecedor de nuestro reconocimiento.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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