Fragmentos de una mujer

En ocasiones no es fácil comentar una película sin desvelar siquiera mínimamente algún elemento de la trama que impida a un espectador interesado participar de la sorpresa o el sentimiento que una secuencia provoca en quien desconoce el desarrollo de la acción que contempla en la pantalla. No es fácil, porque, como es el caso de Fragmentos de una mujer, una secuencia desencadena todo el entramado argumental y se antoja complicado no desvelar la raíz de lo que se nos cuenta durante dos horas.

Los primeros treinta minutos de la película son un torbellino de sensaciones que seguramente las mujeres que han dado a luz entenderán. En un largo plano secuencia asistimos a la tensión y la incertidumbre de Martha, la protagonista que, por propia voluntad, da a luz a una hija en su casa, asistida por una comadrona y su marido que vive el momento basculando entre la indecisión, el no saber qué hacer, el seguimiento de las instrucciones que recibe, y la tensión de ver a su mujer viviendo unos minutos que se antojan angustiosos. Termina la larga secuencia. Fundido en negro y título de la película, Fragmentos de una mujer.

El mismo título nos puede revelar algo de su historia. Un fragmento es una parte de un todo. Podemos suponer que vamos a conocer la realidad de una vida sin llegar a captar la totalidad de la misma. O un fragmento puede entenderse también como el trozo desgajado de un todo que se rompe. Así, la vida de Martha puede antojarse rota, desnortada, incapaz de encontrar un rumbo que le devuelva serenidad y le ayude a recuperarse después de una experiencia traumática.

Vanessa Kirby, la actriz que interpreta a Martha, y por cuya interpretación recibió la Copa Volpi a la mejor actriz en el Festival de Venecia, llena la pantalla con su luz y su oscuridad, con su ansiedad y su intento de seguir adelante. Junto a ella, destaca también la figura de su madre (interpretada por la veterana Ellen Burstyn), posesiva, entrometida en la vida de su hija (podemos entender sus razones), que da lugar a una secuencia también muy poderosa de reproches entre madre e hija, que nos recuerda situaciones parecidas vistas en otras películas. Y otros personajes se entrecruzan en la particular odisea de la protagonista: su esposo, la comadrona que la atendió en el parto, compañeros de trabajo…

Comenzar una película de manera tan intensa hace que resulte difícil mantener esa intensidad y puede provocar cierto sentimiento errático en el argumento que se rellena con elementos prescindibles y en algún caso se resuelve de manera precipitada (el matrimonio de la pareja protagonista). Por otro lado, el recurso al simbolismo (el puente en construcción, las semillas de manzana que Martha guarda en la nevera) no parece aportar demasiado. Y la resolución de la historia parece pensada para aliviar al espectador de la tristeza que la envuelve durante buena parte de su metraje.

Dicho esto, acércate a Netflix y disfruta (quizá no sea la palabra más adecuada) de esta historia profundamente humana.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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