Flores de plástico

Tengo un compañero misionero que es alérgico a las flores de plástico en las Iglesias. No las soporta. Cuando las ve sobre un altar a la vista o incluso sobre un pedestal escondido las retira hasta hacerlas desaparecer si puede. No es simplemente que no le gusten estéticamente. Lo suyo es una auténtica fobia, aunque no de pronóstico, porque la justifica con serias razones.

Desde lejos, las flores de plástico no son todas feas ni de mal gusto. Las hay tan parecidas a las verdaderas que si no las tocamos no llegamos a comprobar si son o no artificiales.

Pienso que son un símbolo de nuestro tiempo, donde tanto se cultiva la artificiosidad y el engaño. Representan el espíritu de nuestra época que cuida con estudiado esmero la apariencia externa y cualquier ostentación.

Es verdad que las flores de plástico no ensucian, ni se marchitan, ni cambian de color. Suelen ser más baratas que las flores de jardín o de invernadero y dan menos trabajo. A las flores falsas no hay que cambiarles el agua con frecuencia, ni se pudren… pero ¿quién no las considera como como una horterada, una señal de mal gusto?

Hay más que decir sobre ellas. En el recinto de una iglesia o capilla las flores de plástico son peligrosas. No porque contaminen el ambiente, sino porque transmiten un mensaje letal. Calladamente están proclamando con su presencia que todo lo que allá se dice o se realiza ¡no es verdad! Todo es mera apariencia, es falso, es de plástico. Ni Cristo está realmente presente en las especies de pan y de vino, ni los textos que se proclaman son palabra de Dios, ni se da movimiento alguno de conversión o de comunión entre los participantes. Todo es de “plástico”, pura apariencia. No solo lo que allá se hace, sino también lo que representa.

Lógicamente para enmendar este alto riesgo no basta con eliminar por decreto las flores de plástico que aún campan por capillas y templos. El problema está en nosotros; en la autenticidad de lo que decimos, de lo que hacemos o de lo que verdaderamente somos. A una persona auténtica se la reconoce por tres rasgos:

  • Dice el mismo mensaje en cualquiera de los escenarios en los que se mueve. No cambia según la acogida de sus interlocutores, aunque no deje de actuar con prudencia para determinar cuándo hablar y cuándo callar.
  • Hace lo que tiene que hacer aunque nadie le vea. No necesita ni del apoyo, ni de la complacencia ni del beneplácito de nadie para tomar sus decisiones y marcarse un estilo en su vida de cada día.
  • No aparenta. Muestra sus debilidades con buen humor, evita la exhibición y el hablar empalagoso de sí. Pero tampoco mantiene ocultos y desaprovechados sus dones, aunque eso le complique la vida.

 

Juan Carlos cmf

(FOTO: M K.)

 

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