«FIEL», ¿SÓLO ES NOMBRE DE PERRO?

Fue después del telediario, hora noble de la televisión, y una fulana tiraba a la cara de su novio esta enormidad, como si fuera la cosa más natural del mundo: – «No es asunto tuyo si yo ando con otro, o no ando. ¿Acaso firmé contigo algún contrato de exclusividad?».

Contratos de exclusividad y para siempre, también ciertos novios no los firman delante del altar. Esas bodas me hacen gracia. La lista de invitados, la elección de los trajes, del fotógrafo, del organista, del restaurante, se preparan al milímetro. Todo elegante, todo lindo, todo grabado en fotos y en video. Especialmente el momento en que los novios juran amor eterno e intercambian valiosas alianzas. A la salida de la iglesia, una lluvia de pétalos o una lluvia de arroz, muchos bocinazos y una fiesta dura.

Y luego, ¿qué sucede tantas veces? El caso es que aún apenas han estrenado el vivir en común y ya juegan las crestas, como en lucha de gallos, si es que no desanda cada uno para su lado. Las promesas de fidelidad se secaron rápidamente como la albahaca.

En ceremonias de ordenación sacerdotal y misas nuevas, algunas escenas parecen fotocopiadas. Hay menos fotografías y más lágrimas en los ojos, menos champán y más burbujas de fervor, pero son los mismos cuidados con los «exteriores», los mismos juramentos de fidelidad eterna. Y, a menudo, después de aquellos días locos y ardientes, de aquellas Misas Nuevas bimbaladas, la albahaca de costumbre.

Lejos de mí pensar que estos rituales, para los intervinientes, no son más que un momento hermoso y emocionante. Tampoco firmo por debajo las afirmaciones derrotistas de un escritor, según el cual «Fiel» ya solo es el nombre de un perro; y la única palabra de honor que dura un poco es la de los tartamudos. Me niego a admitir que vivimos en un mundo de luciérnagas: de personas que encienden y apagan, que no van más allá de una fidelidad intermitente.

Como decía el filósofo Gabriel Marcel, «amour» (amor) sigue siendo «toujours» (siempre). Los matrimonios fallidos no logran tapar el bosque de las innumerables parejas que permanecen unidas y ardientes. Todavía hay muchos jóvenes capaces de hacer y honrar contratos de exclusividad. Y si algunos sacerdotes nadan por ahí desacreditados, la mayoría da un testimonio luminoso y firme.

Sin embargo, es importante reconocer que las palabras a menudo suenan como calabazas vacías. Los muchachos y las muchachas que, en el altar, dicen maravillas y, después de un tiempo, deshacen sus compromisos no son más que cañas agitadas por el viento. Los políticos que difunden el fruto de las promesas sin pretender cumplirlas, no merecen crédito. La Iglesia misma, experta en solemnes declaraciones sobre la justicia y los pobres, olvida a menudo el lenguaje de las actitudes y de los hechos.

Según Vaclav Havel, que fue presidente de la República Checa, el mundo contemporáneo tiene sed de palabras verdaderas, auténticas, martiriales. Palabras de personas que se tomen en serio. Que se respeten a sí mismas. Y a las otras. Y a Dios.

Porque lo más impresionante, en los casos referidos, es la falta de sentido de lo «sagrado». En esta sociedad, que todo lo trivializa, parece que ya ni a Dios se respeta. No se respeta a las personas, que son testigos, no de un acto serio, como creían, sino de una broma.

Pero cuidado, no tiremos piedras. En mayor o menor medida, todos andamos contaminados por la actitud posmoderna que no hace proyectos a largo plazo ni los lleva adelante. Incapaces de mirar más allá del aquí y ahora, nos dejamos llevar por ese «me gusta esto» y «no me gusta aquello» o «ahora me gusta» y «ahora no me gusta» que supone el predominio de los sentimientos sobre la razón y la voluntad. Es una época de rebajas, de aventuras incompletas y de historias cortas.

Vivimos en la cultura de lo agradable, lo emotivo, lo sensorial, lo desechable, lo efímero. En lugar de afirmar nuestro acuerdo o nuestro desacuerdo con algo, simplemente decimos: «me gusta», «no me gusta». Las causas dependen de los kilogramos del placer.

Además, vivimos en la cultura del analgésico. No resistimos a un dolor de cabeza y nos doblamos fácilmente bajo la cruz de las dificultades. La civilización del consumo y del confort tiene el efecto de un Sida espiritual que nos desvitaliza, nos deja sin defensas. Buscamos entonces suavizar las duras propuestas de la moral, reduciendo el Evangelio a un cristianismo desnatado, sin calorías ni belleza.

Los jóvenes quizás sean más sensibles, más vulnerables a este ambiente que se respira. Viven a la intemperie, con todas las heridas al desnudo y sin la piel familiar e institucional que, antes, nos protegía. Hoy los protegemos del frío y del calor, los cultivamos como plátanos, pero no los ayudamos a tener sentido crítico y consistencia, a distinguir el trigo de la paja para caminar por la vida, libres, puros y valientes.

Falta gente en quien apoyarse con fuerza. Faltan «brújulas seguras» en tiempo de niebla. Personas capaces de un amor inconmensurable, de una luminosidad permanente. Orgullosas de sus contratos de exclusividad.

 

Abílio Pina Ribeiro, cmf

(FOTO: Richard Brutyo)

 

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