EL PESO DEL CORAZÓN

Juan Pablo II tiene un poema titulado «La tienda del orfebre». Una señora abandonada por su marido decidió vender su alianza de casada. El orfebre lo pesó y, fijando los ojos en la mujer, le dijo: «La alianza no pesa nada. El fiel de la balanza ni se mueve. ¿Vive todavía su marido? Es que mi báscula no pesa el vil metal, solo pesa lo que existe en las personas».

Una persona casada no pesa nada sola. Entre amigos, solo el amor correspondido hace inclinar al fiel de la balanza. El amor que se comparte, el amor que sirve a los demás, es el que tiene peso y valor. «El amor es mi peso» -declaraba San Agustín-. Pesamos tanto como los kilos de nuestro amor a Dios y al prójimo.

Con frecuencia, sin embargo,  el amor anda falsificado como ciertos productos de marca. Amor escrito, amor cantado, amor filmado, amor de pisotear en el suelo, amor de pegar en las paredes. Se le da el nombre de amor a la mera atracción sexual o incluso a las relaciones físicas con una persona sin tener con ella relaciones morales. Se llama «hacer el amor» al simple acto carnal, realizado sin ningún amor, quizás entre desconocidos.

Atención, que yo no estoy condenando el amor que se expresa en la entrega sexual. El sexo es un camino para el total encuentro de dos seres, en alma y cuerpo. Y nada más bello ni más puro que este encuentro de dos seres, en mutua donación y mutuo reconocimiento. El amor que no busca en el amado o en la amada la mera satisfacción personal, pero la felicidad y perfección de ambos,  tiene un peso infinito.

Otro amor que hace inclinar al fiel de la balanza es el que se da entre padres e hijos, entre las personas con quienes se trabaja, con quienes viajamos, con quienes nos distraemos; y el amor que se profesa a todos los seres humanos, especialmente a los más débiles y más pobres.

Estoy convencido de que valemos lo que vale nuestro amor. De ahí que saque la siguiente conclusión: así como limpiamos el automóvil, elegimos nuestra ropa, vamos al peluquero, hacemos ejercicios de gimnasia, así también debemos dedicar algo de nuestro tiempo a cuidar del propio corazón. En él viven los sentimientos que nos hacen felices o infelices, útiles o inútiles: la agresividad, la irritación, la indiferencia, los deseos viles… o bien la bondad, la gratitud, la palabra amable, el elogio oportuno, el estímulo, el gesto cariñoso.

Donde cuelgue nuestro corazón, ahí nos inclinamos. Defendemos, con toda la inteligencia y con toda la fuerza de voluntad, aquello que nuestro corazón desea. El amor nos hace ciegos a los defectos de los demás o proyecta un foco de luz sobre sus cualidades. No vemos con los ojos, sino a través de los ojos. Vemos con el corazón. Según nuestro corazón, descubrimos en cada rostro a una persona o la pasamos indiferente como si fuera un árbol o un poste. El corazón elige las ideas, el tipo de relaciones, la política, el sistema por el que nos batimos. El amor transforma las palabras en armas de lanzamiento o en puentes que acercan y reconcilian.

Hay gente de quien se dice: «Tiene un corazón de oro». A su lado nos sentimos celestialmente, porque reparten simpatía y generosidad a las manos llenas y no en dosis de farmacia.

Ciertamente es importante controlar el peso de nuestro cuerpo. Las grasas en exceso arruinan la salud. Pero no tengamos miedo de que aumente el «peso» de nuestro corazón, el tonelaje de nuestra alma. Porque el dinero, la cultura, la carrera, el éxito, el prestigio pueden ser, para nosotros, metales preciosos. Pero somos ricos y felices en la medida en que aumente el peso de nuestro corazón, el oro de nuestra vida.

 

Abílio Pina Ribeiro, cmf

 

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