El hombre que vendió su piel

Causa cierta extrañeza esta película que comienza casi como una historia de denuncia. Al principio estamos en Siria, año 2011; un amor contrariado, un matrimonio forzado, la inmigración como salida a la triste situación que vive su protagonista, un joven sirio que no puede impedir que la mujer a la que ama se case con un funcionario, también sirio, de la embajada de su país en Bélgica. Huida clandestina hacia Líbano. Podemos imaginar un acercamiento realista a tantas historias y vidas truncadas… de las que hemos recibido mucha información.

Pero, muy pronto, la historia gira en una dirección imprevista. Y el inmigrante ilegal logra salir de Oriente Medio y llega a Europa, y gana bastante dinero gracias a un extraño contrato firmado con un artista de fama mundial que dibuja en su espalda un gran tatuaje. Todo contrato tiene sus exigencias. Una obra de arte no se diseña para permanecer oculta, sino para ser exhibida y admirada. Y el joven sirio, anhelante de conseguir la libertad, se ve frustrado poco a poco en sus expectativas. Y la película se adentra también en la realidad de la trata de personas, no con un tono realista, sino como todo en este relato, con una perspectiva simbólica, o metafórica… que no logra conmover al espectador ni que empaticemos con las situaciones que al refugiado le toca vivir.

Un rótulo explicativo final nos dice que la historia está inspirada en un hecho real con el que guarda ciertas similitudes. Ni por esas. Cuando el rótulo nos informa de dicha base real hace tiempo que nos hemos ido alejando del interés que inicialmente podría habernos suscitado.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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