Detener la guerra

Las actuales guerras que hoy se libran en nuestro mundo me dan pie para hablar de otras guerras más inmediatas. Lo sepamos o no en nuestro interior se libra siempre una batalla. “Algo” muy potente nos arrastra a vivir en paz y a irradiarla. Solo lo conseguimos si desactivamos al peor enemigo: el que cada uno llevamos dentro de nosotros mismos. Gandhi lo entendió perfectamente cuando dijo:

“Solo tengo tres enemigos. Mi enemigo favorito, el que más fácilmente puede ser influenciado es el Imperio Británico. Mi segundo enemigo, el pueblo de la India, es mucho más complicado. Pero mi oponente más formidable es un hombre llamado Mohandas K. Gandhi. En él, parezco tener muy poca influencia”

Al igual que Gandhi nos toca también derrotar al nuestro. Lo peor es que al tratar de hacerlo seguimos patrones de autocrítica, cuando no autodesprecio y de autoagresión, que acaban alimentando la guerra interior haciéndola tan dura como inútil. Al autoanalizarnos solo de las sombras el tiro nos sale por la culata. Terminamos reforzando las adicciones o defectos que tratábamos de cambiar, porque les damos oxígeno.

Es frecuente encontrarse con personas en permanente estado guerra. Como el caso de aquel joven que se rebeló en casa porque tenía una madre muy dominante. Se rebeló en la escuela por la disciplina estricta de los maestros. Se peleó con la novia porque, según él, quería controlarlo. Le fastidiaba la comida de cada día, o tener que esperar un semáforo, o saludar al vecino de la puerta de al lado, o un día de lluvia… hasta que un día alguien le dijo: “Te peleas con todo. ¿Cómo puede ser que te moleste la comida, te moleste tanto el ruido, te molesten tanto los otros y te molesten hasta tus pensamientos? ¿No te parece raro?”. En el fondo tenía miedo de sus sombras. Como nos pasa a (casi) todos.

Los humanos aspiramos al bien y a paz, pero somos también sombras: codicia en el tener, ambición en el poder y vanidad en el aparecer. Como esas sombras que nos constituyen nos dan miedo les declaramos la guerra a muerte. Pero la aventura humana consiste justamente en redimir esas sombras. Redimir, que es una palabra genuinamente cristiana, significa cambiarlas de signo mediante la compasión. Sin dejar de ser negativas, pierden su veneno y sirven para madurarnos. De este modo, lo que se presenta como adversidad se convierte en oportunidad de crecimiento. La guerra interior no se detiene mediante la fuerza, y menos con la huida o la rendición, sino mediante la compasión.  Compadecer es acoger con amor nuestro dolor, nuestros deseos imposibles, nuestras pérdidas, nuestras esperanzas frustradas, nuestros amores no correspondidos… y convertirlos en fuerza sanadora. Ese estremecimiento compasivo nace de la fe y es el camino del crecimiento, no de la simple autoaceptación. Es camino pascual. La fe no ahorra dificultades, aunque sí que las redimensiona.

 

Juan Carlos cmf

(FOTO: Sincerely Media)

 

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