«Lo difícil es despegar», confesó un joven, deseoso de consagrarse por completo a Dios.

Pertenecía a un grupo de jóvenes que se habían reunido para dar alas a su sueño y querían realmente «despegar», ganar altura, superar la atracción de una existencia acolchada y egoísta.

Para despegar, los reactores del avión tienen que tirar al máximo. Ninguno de nosotros despega sin el encendido del alma y mucho combustible de voluntad, energía, persistencia y coraje.

Estas virtudes, sin embargo, han tenido sus días de gloria. Por eso me gustó lo que escuché en una conferencia pedagógica: «Hay que educar a los adolescentes y a los jóvenes en la adversidad. Deben ser conscientes de que es difícil alcanzar los objetivos. La vida está lejos de ser un juego divertido; también está hecha de frustraciones e incluso de contratiempos».

Sin disciplina y renuncia, sin un duro entrenamiento y una dieta estricta, no hay estrellas del fútbol, ni se ganan medallas y trofeos.

La verdad es que refranes como estos: «Lo que cuesta es lo que vale» y «La letra con sangre entra» han pasado de moda. Según el discurso políticamente correcto, hoy en día todo tiene que ser fácil.

Creo que la virtud está en el medio y que entre un extremo, «sangre, sudor y lágrimas», y el otro, «aprender inglés a coste cero», hay todo un mundo de esfuerzo diario, de trabajo persistente, de decepciones superadas y, a veces, de lágrimas secas.

Vivimos en la era de los botones que lo hacen todo más fácil. Si se pulsa un botón, sale un billete; si se pulsa otro, sale un café; si se pulsa otro, sube o baja el ascensor; si se pulsa otro, salen sonidos e imágenes. Pero no se aprieta un botón y salen las matemáticas o la física. Se necesita compromiso y perseverancia.

Hay mucha gente que no piensa assikm. Lo que no es divertido no importa. Lo que no da placer inmediato se deja de lado. Uno quiere inmediatamente la recompensa a cualquier esfuerzo, como el águila del Benfica después de sobrevolar el estadio.

Que el inglés se pueda aprender en siete días, con un método muy divertido y un profesor que cuente historias fascinantes; o que el mero uso de un ordenador sea suficiente para hacer competitivas a las nuevas generaciones, es un puro disparate.

Lo que vale cuesta. Una de las grandes claves del éxito es precisamente saber posponer la gratificación, porque eso es lo que convierte el deseo en voluntad. Sólo quien resiste la tentación de comer lo que le apetece puede sentir la satisfacción de haber perdido peso. Sólo los que estudian las cosas, a veces de forma divertida, a veces de forma dura, acaban adquiriendo conocimientos sólidos. Tienen razón los refranes: «La paciencia es la madre de la ciencia» y «Los libros cerrados no alfabetizan». Sólo aquellos que resisten la tentación de tirar todo por la ventana cuando los amigos o la familia no son las maravillas que soñaban, pueden saborear todo el jugo de la amistad, la estabilidad y la comunión de la vida.

Aristóteles enseñó que nuestra felicidad o la consecución de nuestro ideal es, en gran medida, un regalo y una entrega. Las habilidades que hemos recibido en mayor o menor medida; las personas que conocemos y que, en mayor o menor medida, nos ayudan a «despegar»; las oportunidades sociales que hemos tenido la suerte de tener… todo ello es un regalo, al que debemos mantener los ojos bien abiertos y el corazón agradecido.

Pero dicho esto, debemos añadir que la felicidad o el éxito no caen del cielo a pasos agigantados. El cultivo diario de nuestras habilidades y dones es lo que nos permite hacer realidad nuestros sueños. Quien aprende con esfuerzo lo que valen la justicia o la libertad, las saborea y las aprecia debidamente; quien busca obstinadamente la verdad siente el verdadero placer de encontrarla.

El rey Ptolomeo quería aprender geometría rápidamente, como correspondía a sus presiones reales. «No hay atajos para la geometría», le dijo Euclides. No hay atajos para las cosas que realmente valen la pena en la vida. No hay recetas para convertirse en un gran escultor, o ingeniero, o músico, o biólogo.

Pero para dar sentido a nuestro esfuerzo, y «ayudarlo», es importante no apartar la vista del objetivo. Es más fácil «despegar» cuando se piensa en la alegría de satisfacer la vista, desde arriba, con paisajes y horizontes sublimes. En el momento de la siembra tenemos que pensar en la cosecha. La voluntad de llevar a cabo un proyecto moviliza nuestras fuerzas: nos hace firmes en la decisión que hemos tomado y nos llena de valor ante las dificultades.

Somos capaces de despegar y volar a las alturas cuando nos dejamos llevar por un gran amor. Esto es lo que enseñó el maestro Eckart, refiriéndose a Jesucristo: «El amor es como el anzuelo de un pescador. El pescador no puede atrapar al pez hasta que éste haya mordido el anzuelo. Quien está unido a Cristo está tan profundamente unido que los pies y las manos, la boca y los ojos, el corazón y todo lo demás le pertenecen sólo a él.  Que tenga la suerte de ser atrapado. Porque cuanto más te atrapen, más libre serás.

 

Abílio Pina Ribeiro, cmf

(FOTO: Bing Hui Yao)

 

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