Una joven de veinte años – una «muchacha en flor», diría Vinicius de Morais – deseosa de tomar la vida en serio y, ¿quién sabe?, de consagrarse a Dios, confesaba honestamente: – «Lo que cuesta es despegar».

Pertenecía a uno de esos grupos de jóvenes que se reúnen para «disfrutar de Jesucristo», pero ella quería realmente «despegar», ganar altura, vencer el atractivo de una vida acolchada, egoísta y esponjosa.

Para que un avión despegue, tienen los reactores de tirar con toda la fuerza y, si dejan de funcionar, el aparato se viene abajo. Ninguno de nosotros despega sin la ignición del alma y mucho combustible de voluntad, esfuerzo, persistencia, coraje.

Estas virtudes, sin embargo, pasaron de moda como los resquicios del siglo XVIII. Por eso, me ha gustado escuchar hace tiempo, a unos expertos en teoría de la educación, insistir en un aspecto educativo que suena a «reaccionario». «Hay que educar en la contrariedad» – sostienen ellos.

«Hay que informar a los jóvenes, y menos jóvenes, que alcanzar los objetivos cuesta. Que la vida está lejos de ser una fiesta pagada; también se hace de frustraciones e incluso de reveses». Sin disciplina y sin renuncia, sin duro entrenamiento y dedicación, sin ríos de sudor y dieta rigurosa, no hay jugadores de fútbol ni se ganan medallas olímpicas.

La verdad es que refranes como estos: «Lo que cuesta es lo que vale» y «La letra con sangre entra» ya tuvieron sus días de gloria. Según el discurso políticamente correcto, hoy todo debe facilitarse.

Creo que en el medio está la virtud y que entre «la letra con sangre entra» y «aprende el inglés en siete días» va un mundo: el mundo humano del esfuerzo diario, del trabajo persistente, de ese tragar la desilusión y seguir adelante porque vale la pena, limpiar las lágrimas y permanecer en la trinchera cuando la trinchera es importante.

No es éste, sin duda, el aire que se respira, sino todo lo contrario: la convicción de que lo que no es divertido no importa, lo que no gratifica de inmediato hay que ponerlo de lado. Vivimos en la era del «hedonismo consumista», del placer a sorbos, del presente gratificante y divertido. Queremos el pago de cualquier esfuerzo, como los delfines ávidos de tragar un pez tan rápidamente acaban su número de saltos acrobáticos.

Que el inglés se puede aprender en siete días, con un método divertidísimo y un profesor que cuenta historias apasionantes; o que baste el manejo del ordenador para que las nuevas generaciones se vuelvan competitivas no es más que una tontería.

Lo que vale cuesta. Una de las grandes claves de la vida consiste precisamente en saber aplazar la gratificación, porque eso es lo que convierte el deseo en voluntad. Solo quien se resiste a la tentación de comer todo lo que le apetece a la hora podrá sentir la satisfacción de haber perdido peso. Solo quien estudia cosas, algunas veces divertidas, otras veces aburridas y pesadas, acaba por adquirir conocimientos sobre ellas. Razón tienen los dichos: «La Paciencia es la madre de la Ciencia» y «Libros cerrados no hacen letrados». Quien no resiste a la tentación de tirar todo por la ventana cuando los amigos o la comunidad o la familia no son las maravillas que soñaba, es que puede saborear todo el sumo de la amistad, de la fraternidad, de la comunión de vida.

Enseñaba Aristóteles, desde hace más de 24 siglos, que en esto de conseguir la felicidad o alcanzar cualquier ideal hay mucho de don y de regalo. Las aptitudes que recibimos en mayor o menor número, las personas que conocemos en la vida y que, unas más otras menos, nos ayudan a «despegar», las oportunidades sociales que nos cupieron en suerte -todo esto es regalo, ofrenda, ante la cual debemos tener los ojos bien abiertos y el corazón agradecido-. Pero, dicho esto, conviene añadir que la felicidad o el éxito no caen del cielo a los trastos. Es el cultivo diario de las capacidades y dones, el sabio aplazamiento de la gratificación, que nos permite realizar nuestros sueños. Quien aprende con esfuerzo lo que vale la justicia o la libertad las aprecia debidamente; quien busca obstinadamente la verdad, siente el verdadero placer de ir descubriéndola.

¿Saben cómo respondió Euclides al rey Ptolomeo, que quería aprender geometría de manera rápida, como convenía a sus reales prisas? «Para la geometría no hay atajos». No hay atajos para las cosas que realmente valen en la vida. Para la oración, por ejemplo, no hay fórmulas mágicas ni revelaciones instantáneas. Para llegar a ser una gran escultor, ingeniero, músico o biólogo no hay recetas de farmacia.

Sin embargo, es importante dar sentido a nuestro esfuerzo, «ayudarlo». ¿Cómo? No quitando los ojos de la meta. Es más fácil «despegar», cuando se piensa en la alegría de saciar la vista, allá en lo alto, con paisajes y horizontes sublimes. El sacrificio se sostiene mejor cuando sabemos que a través de la cruz se llega a la luz, a la resurrección, como se dice en lenguaje cristiano. A la hora de la siembra hay que pensar en la cosecha. La voluntad que tenemos de cumplir un designio, de concretar un proyecto, moviliza nuestras fuerzas: nos hace firmes en la decisión tomada y llenos de coraje ante las dificultades.

Somos capaces de despegar y planear en las alturas, cuando nos arrastra un gran amor. «El amor -según el Maestro Eckart- se asemeja al anzuelo del pescador. El pescador no puede atrapar el pez hasta que éste quede atrapado en el anzuelo. Quien está preso a Cristo queda tan profundamente atrapado, que los pies y las manos, la boca y los ojos, el corazón y todo lo demás que la persona es, pertenece solo a Él. Espero que tengas la suerte de ser atrapado. Porque cuanto más te atrapen, más libre serás».

 

Abílio Pina Ribeiro, cmf

(FOTO: Phil Botha)

 

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