Deficitario buen humor

Percibo en nuestro mundo y en nuestra Iglesia un déficit de buen humor. Del bueno. El humor es como el colesterol: hay del bueno y del malo. El humor no siempre produce beneficios. Como forma inteligente de asomarse al balcón del mundo, alcanza a ver, además de lo bello y chispeante, nuestras limitaciones, nuestra índole finita y contingente. Por ello, puede llegar a ser una manera de amor o convertirse en una refinada forma de crueldad.

Hablamos aquí del buen humor, porque creo que es no solo un bien escaso, sino para muchos también una actitud un poco confusa. Vale la pena tomar nota de sus beneficios a partir de las reacciones mediatas o inmediatas que provoca el humor del bueno. Una puede ser las lágrimas. ¿Y por qué no? Hay lágrimas de risa y hay lágrimas de amor. Otra puede ser la sabiduría; esa que se esconde tras el lado ridículo, caricaturesco y hasta trágico de la existencia. Pero sus efectos más habituales son la risa y la sonrisa. Ambas son excelentes formas de reaccionar ante la vida, eficaces ventiladores de malos humores y seguras terapias para la salud mental y espiritual.

Cuando la sonrisa se erige en actitud continuada e incluso en un modo de ver el mundo, es como la curva que endereza muchas situaciones torcidas. Un ejemplo: Cuando Gabriela Mistral describe en su libro La maestra rural, a quien, a pesar de ser una pobre mujer herida, era alegre. Escribe que “su sonrisa fue un modo de llorar con bondad”.

Es verdad que la sonrisa se siguen manipulando como una forma de marketing. El famoso proverbio chino “si no sabes sonreír, no abras tienda”, o el americano, “el mundo es una cámara, sonría por favor”, se envenenan de autorreferencialidad. Pero también es cierto que, si uno empieza por sonreír por fuera, acaba por sonreír por dentro. Así resplandece en nuestro rostro ese lado jovial de la verdad, que nos hace salir de nosotros y nos vuelve más humanos, indulgentes y dulces.

El Papa Francisco nos lo recordaba a los claretianos en el pasado mes de septiembre: “…no caigan en eso de esa austeridad seca no pierdan el sentido del humor, por favor. Sepan reírse en comunidad, sepan hacer chistes, y reírse de los chistes que cuenta el otro, no pierdan el sentido del humor, el sentido del humor es una gracia de la alegría y la alegría es una dimensión de la santidad”. Más claro, el agua.

Así, que, como dice el proverbio hay que reír antes de ser dichoso, por miedo de morir sin haber reído. Sobre todo, en la Iglesia, donde desde la óptica de Dios sería maravilloso reír y sonreír, y sin embargo nunca hemos estado tan serios. Él debe estar tronchándose ante nuestros déficits de buen humor.

Juan Carlos cmf

(FOTO: Jacqueline Munguía)

 

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