En la novela de Henri-François Rey, titulada Los pianos mecánicos, una pareja dialoga así:

«- He descubierto una etiqueta que parece realmente hecha para los dos – confiesa el marido.

– ¿Cuál es? – indaga curiosa la mujer.

– Somos seres deshabitados, tú y yo.

– ¿Por qué?

– Somos como una cereza sin hueso o un cuerpo sin alma. Estoy seguro de eso. Ya no tenemos alma… sólo un vacío enorme, un gran agujero».

¿Deshabitados, nosotros? Aún ahora me río de una escena que presencié hace tiempo. Yo caminaba por una calle de Lisboa, cuando veo venir, a lo lejos y en sentido contrario, a un joven de veinte años, que se desviaba a la derecha y a la izquierda, lanzando la cabeza hacia adelante y hacia atrás, haciendo gestos y retorciéndose. ¿Sería el tipo un epiléptico? ¿Funcionaría bien de la cabeza?

Pues venía, simplemente, a oír música con sus cascos en sus oídos, y la música debía ser de aquellas que sacuden los nervios y convierten a quien la oye en una especie de rana galvanizada. Alguien llamó a estos artilugios un “cerebro anexo”.

¿Deshabitados, el hombre y la mujer de hoy? Habitados, eso es lo que son, por un cerebro anexo que «piensa» en vez del verdadero, que lo descompone, que lo apaga. ¿Vacíos como un tazón? ¿O, por el contrario, llenos – de sensaciones, de cosas efímeras, de saberes fragmentados, de «pensamientos débiles»-? Incapaces, en todo caso, de escuchar la «música callada», de saborear la «soledad sonora» de que habla San Juan de la Cruz. O de «habitare secum», de vivir consigo mismo, como dirían San Gregorio Magno y San Gregorio Nacianceno.

No soy tan pesimista como Bertolt Brecht que describía así a un militar de la fuerza aérea: «General, el hombre es muy útil: puede volar y puede matar. Sólo tiene un defecto: puede pensar».

Lo malo es que los humanos eliminan este «defecto» fácilmente, con frecuencia y de buen grado. Cuando están en condiciones de hacer silencio y de pensar, se asustan con esa posibilidad y se inundan luego de ruidos, aunque tales ruidos tengan el nombre de música. Para no tener la molestia de pensar, se adaptan dócilmente a pensar como los otros, convirtiéndose en campo abierto para todas las modas, conformismos, ideologías e intereses más diversos. Viven ausentes de sí mismos. No les importa ser marionetas conducidas por hilos invisibles: hay quien piensa por ellos, quien deciden a su vez, quien alquila su conciencia.

Decía Martín Descalzo que el hombre de hoy «parece no conocer otro camino que el de trabajar como un burro, aburrirse como un gato, saltar de loco en loco como un mosquito». Y creo que la gran misión de la familia y de la escuela, en esta época de descubrimientos fabulosos pero también de globalización de la estupidez, es la de enseñar a pensar, a ser libres. Porque da la impresión de que la gente no aspira a ser nada, sino simplemente tener grandes sueldos, villas de lujo, coches de gama alta, vacaciones «de ensueño», distracciones cada vez más locas. Y allí reza la Biblia que «el hombre que enriquece y no reflexiona es semejante a los animales que son sacrificados».

Creo también que, en los seminarios y en los cenáculos religiosos, la función número uno de los formadores es la de enseñar a «habitare secum», a vencer «la gran conspiración actual contra la vida interior», según Jorge Bernanos. Necesitamos silencio como oxígeno y sangre. Me refiero, por supuesto, al silencio fecundo, denso, melodioso, poblado, y no al de las rocas o de los bueyes. Me refiero a esa inmersión dentro de nosotros mismos, ahí donde están las raíces de lo que podemos llegar a ser, de nuestras capacidades creadoras, de la relación con Dios y con el prójimo en niveles serios y profundos.

Solo personas reflexivas, estudiosas, cultas, pueden escuchar las necesidades y aspiraciones de sus contemporáneos.

Solo esos hombres y mujeres consiguen hacer una cosa obligatoria: pasar de moluscos a vertebrados, es decir, de gente protegida del exterior, como sucedía en otras épocas, a ser personas con esqueleto y consistencia propia. Efectivamente, ya no se vive en un mundo y en una Iglesia tipo fortaleza; hoy tenemos que vivir a cielo abierto, en el descampado, donde soplan mil vientos y se está expuesto a la intemperie. Quien no sea vertebrado, responsable, adulto; quien no esté provisto de criterios para distinguir el trigo de la paja, se encuentra desarmado y vulnerable. La capacidad crítica es su protección, su coraza.

El activismo desenfrenado en el que caemos quizás sea consecuencia de haber perdido la dimensión profunda que debe comandar nuestra vida. Esa actividad febril, sin alimento, sin metas, tejida de tareas urgentes que llevan a olvidar los más importantes, es estéril y vacía.

Los que así trabajan, como burros, tal vez no se aburran como gatos. Pero no andan lejos de los que saltan como los saltamontes, multiplicando contactos y experiencias, «navegando» mucho en el inmenso mar de esta sociedad compleja; o bailando al sabor de la música de cualquier cerebro anexo.

 

Abílio Pina Ribeiro, cmf

(FOTO: freepik)

 

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