Hace unas semanas la plataforma Netflix estrenó Blonde, una película que se acerca a la figura de Marilyn Monroe. No se trata de un biopic fiel a la realidad vivida por la conocida actriz, sino una adaptación de una novela, una ficción, escrita por la autora norteamericana Joyce Carol Oates. Es cierto que se alude en la película a hechos protagonizados por Norma Jean, su verdadero nombre (sus matrimonios con el deportista Joe DiMaggio y el autor Arthur Miller o su participación en algunas películas, caso de Los caballeros las prefieren rubias, Niágara o La tentación vive arriba, su adicción a los fármacos, su supuesta relación con el presidente Kennedy…); pero todo eso es el telón de fondo del objetivo pretendido por el realizador Andrew Dominik, que no es otro que indagar en la mente de Marilyn, como estereotipo de quien accede al estrellato y no encuentra el afecto que necesita (la figura paterna aparece como una sombra continuamente presente), y acompañarla en su progresivo descenso a su infierno personal, muy lejos del supuesto glamour del éxito y la belleza. En el imaginario del realizador hay dos Marilyn: la que es admirada y deseada por miles de espectadores, y la persona que desea encontrar la armonía personal que le es tan esquiva.

La película se inicia acercándose a la infancia de la actriz, acentuando el tono sórdido y triste de la experiencia infantil de una niña desasistida por una madre enferma y acogida en un orfanato donde es internada cuando quedó sola. Una elipsis nos acerca ya a la figura joven de una actriz en ciernes, que se ve sometida a abusos y considerada un objeto sexual destinado a satisfacer el deseo de quienes solo veían en ella un cuerpo atractivo. Y la película, más de dos horas y media, insiste en ese tono mercantilista, ajeno al llanto, a las necesidades afectivas que Marilyn Monroe veía insatisfechas. Su figura es presentada en Blonde como una muñeca rota, que solo suscita pasión y deseo (destacamos la recreación, muy fiel, de la famosa escena de La tentación vive arriba en que situada sobre la rejilla del metro, el viento levanta su falda dejando al descubierto su ropa interior ante la mirada de muchos espectadores que contemplan la escena), pero no encuentra en los más cercanos la cordialidad y el afecto que anheló toda su vida.

Tratándose de una ficción no podemos reconocer la veracidad de todos los hechos narrados. Tampoco parece importarle al realizador. De hecho, pasa de largo sobre muchos acontecimientos y ahonda, sin embargo, en la angustia existencial vivida por la protagonista.

La actriz cubana Ana de Armas interpreta a Marilyn con convicción y nos impacta con su retrato de mujer necesitada, incomprendida, y sola, aun rodeada de tanta gente. Se elude en su retrato un tono más alegre o comedido, sin subrayar las experiencias más gratificantes y plenas que sin duda también la acompañaron. En este sentido, una película como Mi semana con Marilyn (retrato de la actriz durante el rodaje de El príncipe y la corista) nos ofrece una mirada cariñosa a su figura, cosa que en Blonde no existe. Parece que todo consiste en sumir a su protagonista en una espiral de decepciones y sinsentido, para subrayar así la maldición del estrellato.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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