Hace unas décadas Kenneth Angers, escritor y cineasta, describió en “Hollywood Babilonia” la realidad de Hollywood en los años veinte del siglo pasado, pergeñando la crónica de un mundo de excesos, en el que las estrellas del celuloide vivían ocultos deseos detrás del brillo de las bambalinas. Pues Damien Chazelle convierte en imágenes una parte de esa crónica, añadiendo en la última secuencia de la película un canto de amor al cine que desentona bruscamente con la imagen triste y desoladora que nos presenta en el último tercio de la película (que, si bien puede estar basada en hechos realmente sucedidos, a mi juicio ofrece una visión tan oscura que desentona de la visión ofrecida en hasta entonces).

Babylon, ambientada en Hollywood en la frontera de las décadas de los años veinte y treinta del siglo pasado, comienza con una fiesta, más bien una bacanal irrefrenable, característica de la época dorada de Hollywood, en la que no faltan dosis mayúsculas de drogas, alguna muerte que hay que ocultar (inspirada en hechos reales), sexo, y hasta un elefante como elemento exótico que da pie a alguna escena de tono escatológico algo desagradable. En ese largo tramo inicial (algo más de treinta minutos), previo a la aparición del título de la película, conoceremos a los tres protagonistas principales de la función: Jack Conrad, un actor dado a la bebida que ve cómo sus días de gloria van desapareciendo (a quien interpreta Brad Pitt), Nelly La Roy, una aspirante a actriz que consigue el estrellato y termina embarcada en una espiral de autodestrucción (interpretada excepcionalmente por Margot Robbie) y Manny Torres, un mejicano buscador de trabajo que consigue el éxito como ejecutivo de un estudio (a quien encarna un desconocido Manuel Calva). Junto a ellos intervienen en la película una infinidad de personajes inspirados en figuras reales de aquellos años.

A finales de los años veinte sucedió una revolución con la llegada del cine sonoro. Ello obligó a los estudios a modificar sus estructuras, afinar sus métodos de rodaje e invertir en una nueva forma de hacer cine reclamada por los espectadores. Esta época ya ha sido reflejada anteriormente en el cine (es el caso de Cantando bajo la lluvia), pero en este caso, Babylon se desprende de cierto tono romántico presente en el musical, para revestirse de acidez y comicidad (es impagable la larga secuencia del rodaje de la primera escena sonora rodada por el personaje interpretado por Margot Robbie). Durante sus dos primeras horas, Babylon nos invita a recordar las luces y las sombras de aquella época. Sin embargo, su última hora se hace larga e integra en la trama alguna secuencia que me parece prescindible y carga las tintas en demasía sobre el lado oscuro de Hollywood (toda la secuencia del pago del dinero al gánster interpretado por un irreconocible Tobey Macguire). Dejando al margen la larga duración de la película, podemos disfrutar de algunas secuencias que muestran el talento del realizador: la fiesta inicial, la secuencia de rodaje del cine silente, la mencionada secuencia del primer rodaje sonoro, el diálogo de la periodista de sociedad con Jack Conrad donde certifica el final de una época, la secuencia en casa del magnate de la prensa o la secuencia final donde un embobado Manny Torres recuerda muchos años después todo lo vivido, a los sones de “Singing in the rain”, cantado y bailado por Gene Kelly, seguido por un montaje de planos de películas de distinta época y estilo que refleja, tal vez, la pretensión final de Damien Chazelle: homenajear aquella época dorada y certificar la deuda que el cine de todo tiempo tiene con aquellos pioneros que hicieron de aquel espectáculo de barraca de feria una fábrica de sueños.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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