Aquel latido

En las narraciones evangélicas de la pasión del Señor ocupa un lugar relevante la referida a la Última Cena. En ella suceden muchas cosas. En particular el evangelista Juan presenta una llamativa imagen: la del discípulo amado reclinado sobre el pecho de Jesús.

Se trata del pasaje evangélico en el que se recoge el anuncio de la traición de Judas. Y sitúa el episodio entre el lavatorio de los pies y la proclamación del mandamiento del amor. Jesús, después de lavar los pies a los discípulos y exhortarlos a la humildad, se conmovió profundamente y declaró: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar. Los discípulos se miraban unos a otros, perplejos, sin saber de quién hablaba» (Jn 13, 21-22).  Uno de ellos –el discípulo al que Jesús amabapor indicación de Pedro pregunta al Señor quién es el traidor. Para hacerlo, en actitud de plena confianza, se dejó caer sobre el pecho del Maestro (cf. Jn 13, 23. 25).

Observemos cómo en aquella crucial Cena Pedro, el líder del grupo nombrado por Jesús, ni siquiera se atreve a hablar con Él directamente, sino que formula su pregunta por medio del discípulo amado.  Y es que… ¡la intimidad es más importante que el liderazgo!

¿Querrá decirnos algo más esta escena? Pasando por encima de interpretaciones burdas y sentimentaloides, de piedad acaramelada o de dulzura difícil de tragar, la escena nos quiere indicar también algo a nosotros.

Cuando recostamos la cabeza sobre el pecho de otra persona, nuestro oído queda apoyado justamente sobre su corazón y podemos escuchar su latido. Así, en la imagen de Juan, vemos al discípulo amado con su oído sobre el corazón de Jesús y su mirada puesta en el mundo. Es la actitud del verdadero discípulo que aprende a amar reclinando su cabeza en el pecho del Señor y mirando al mundo porque “un hombre ve siempre solo en la medida en que ama” (Card. Ratzinger).

¿Cómo traducir esto en nuestra vida? Reclinemos nuestra cabeza sobre el pecho de Cristo, como si dispusiéramos de un estetoscopio que registra los latidos de su corazón. Percibamos aquellas pulsaciones hasta sentirnos llenos de su amor y su consuelo. Y al ritmo de aquellos latidos, permitamos que su amor fluya a través de nosotros hacia los demás. Así los miraremos sin envidia, sin desprecio ni miedo, sin la sensación de poder ser amenazados o engañados, sin la necesidad de culpar o de competir con nadie. Porque, cuando no se ama demasiado, no se ama suficientemente. Mostremos un corazón amable, bálsamo para tantas heridas, capaz de transmitir el calor del perdón y consuelo, sensible a lo sagrado que existe dentro de todo lo humano y débil. Y apto para percibir la presencia de Dios en medio de sus ausencias que, a veces, tanto nos abruman y confunden.

Juan Carlos cmf

(FOTO: Gera Juarez)

 

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