Son numerosos los casos de contaminación medioambiental que, además de maltratar nuestro planeta, afectan de manera grave las vidas de millones de personas. La lista sería larga. Recordamos la tragedia vivida en un pueblo de India, Bhopal, donde en 1984 una fuga tóxica en una fábrica de pesticidas acabó con la vida de más de 25.000 personas y provocó secuelas a muchas más; o el vertido del Exxon Valdez en Alaska que derramó más de 250.000 barriles de crudo en el mar; o la explosión de un reactor nuclear en Chernobyl, hecho narrado con notable fidelidad en una serie televisiva merecedora de toda atención.

Desde esta clave de denuncia de estas situaciones, Aguas oscuras fija su atención en un caso de contaminación de graves consecuencias para la vida humana y animal, sucedido en el estado de Virginia Occidental, del que fue responsable una empresa química, DuPont, creadora del teflón, producto antiadherente utilizado, entre otras cosas, en la fabricación de sartenes, y de graves efectos para la salud. De hecho, unos ilustrativos títulos finales nos ofrecen una inquietante información sobre la presencia de productos químicos en el cuerpo humano. Ciertamente, Aguas oscuras hace que nos preguntemos por lo que consumimos y el estilo de vida que sostenemos.

La historia (real, aunque con elementos de ficción por motivos dramáticos) arranca cuando un granjero de una localidad de Virginia acude a un prestigioso bufete de abogados en Cincinnati (Ohio) para informar de la muerte de gran parte de los animales de su granja, conlindante con un vertedero químico propiedad de la gran corporación DuPont. El abogado que le atiende, cuya abuela reside en la misma población, tras dudas iniciales se interesa en el caso, y muy pronto, a medida que va conociendo la situación de muchos vecinos del municipio, profundiza en su investigación y llega a conclusiones espeluznantes, que salpican la honestidad y buenos principios de los responsables de la empresa.

La narración describe fielmente el curso de los acontecimientos, pero no cae en ninguna forma de maniqueísmo, glorificando a unos y denostando a otros. Sin dejar de denunciar las prácticas realizadas por la empresa química acusada, intenta una descripción muy ceñida a la cronología de los hechos (que se prolongaron durante más de treinta años hasta su resolución), y acompaña el esfuerzo del abogado con mesura, sin caer en formas de cierta épica frecuente en otras producciones similares. La interpretación de Mark Ruffalo, que encarna al abogado protagonista, contribuye a dotar de realismo y cercanía la noble batalla de este hombre por esclarecer la verdad.

Antonio Venceslá Toro, cmf

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