Los reyes del mundo

Jugando con la ironía del título, Los reyes del mundo nos sumerge en la experiencia vital de un grupo de adolescentes que malviven en las calles de Medellín, buscando cada día formas de supervivencia. Son reyes que no tienen reino, ni siquiera familia. Solo se tienen a ellos, y su convivencia adolece también de agujeros por donde se escapa la cordialidad que les une cuando juntos enfrentan dificultades.

Concha de Oro en el pasado festival de San Sebastián, Los reyes del mundo adopta en buena parte de su metraje una estructura casi de documental, aunque la realizadora, también coautora del guion, sumerge a los protagonistas en una historia de ficción que no deja de lado la perspectiva del mundo real en el que viven y los esfuerzos que realizan para buscar y encontrar asideros que les mantengan arraigados entre sí y con el mundo que les rechaza y ningunea. La jerga empleada para comunicarse, propia del grupo humano al que pertenecen, obliga a subtitular la película para comprender los diálogos y seguir así la evolución de la historia.

Casi como un cuento, al protagonista le llega sin esperarlo la promesa de un futuro que le alejará del sinsentido de su vida en la gran ciudad. Ha recibido una herencia de su abuela, un trozo de tierra, o una casa en un lugar remoto, en su día situada en medio de conflictos que asolaron el país. Con la paz llegan las indemnizaciones y los deseos de resarcir a quienes perdieron lo que tenían. Así Rá, Culebro, Sere, Winny y Nano abandonan el mundo que conocen (y que les desprecia) para adentrarse en las profundidades de un país para ellos desconocido. En su viaje se encuentran con personajes de distinta catadura (en unos encuentran recelos y amenazas; en otros, acogida y buenas intenciones); con situaciones que les llevan incluso a romper el círculo que les une. Y la meta soñada se vuelve pesadilla, diciéndonos que para los parias de la tierra hay pocas esperanzas y sus deseos no encuentran acomodo en ninguna parte.

Por el alcance de la historia y las convenciones formales utilizadas por su realizadora, Los reyes del mundo, siendo cine bueno y honrado, no llegará a iluminar demasiado tiempo las pantallas, y se sumirá en la amplia nómina de las películas olvidadas. Y es una pena, cuando tanto cine adocenado monopoliza salas e impide que hallazgos como éste encuentre su lugar en el sol. Pero no hay planes para visibilizar la magia ni dar cobertura a los sueños.

 

Antonio Venceslá Toro, cmf

 

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